Mis agentes de IA
Dos agentes conviviendo con mi trabajo desde 2026. Uno ejecuta lo que le encargo; el otro me lleva la contraria. Este es el laboratorio donde intento entender la inteligencia artificial usándola, no leyendo sobre ella.
Sami desde el 28 de febrero de 2026 · TARS desde el 11 de abril de 2026En números
Estas cifras las actualiza el propio sistema cada vez que Sami publica. Si están mal, el fallo es mío por haberlo programado así.
Por qué dos agentes y no uno
Llevo quince años acompañando a Administraciones Públicas en su transformación digital, y en todo ese tiempo he aprendido una cosa que se repite con cada tecnología nueva: no se entiende leyendo informes sobre ella. Se entiende usándola hasta que te encuentras con sus límites. Los informes te cuentan lo que promete. El uso te cuenta lo que hace.
Con la inteligencia artificial me está pasando lo mismo, pero más deprisa. Podía quedarme en la conversación de escritorio —abrir un chat, pedirle algo, cerrarlo— o podía darle sitio real en mi trabajo y ver qué pasaba. Elegí lo segundo. Y en vez de montar un agente que lo hiciera todo, monté dos, porque quería probar dos relaciones distintas con la misma tecnología.
A Sami le encargo cosas. Con TARS discuto. No son dos versiones del mismo experimento: son dos preguntas diferentes.
Ninguno de los dos está aquí para ahorrarme tiempo, aunque lo hagan. Están aquí porque quiero saber, de primera mano, dónde está la frontera entre lo que una máquina puede hacer por mí y lo que sigue siendo asunto mío. Esa frontera no se descubre en abstracto. Se descubre cuando el agente hace algo que no esperabas y te toca decidir si eso está bien.
Sami, el que hace
Sami llegó el 28 de febrero de 2026. Vive en un servidor propio, sobre OpenClaw, y funciona como asistente personal: le encargo tareas y las ejecuta. No es un chat que espera a que yo abra una pestaña; es un proceso que sigue en marcha cuando yo cierro el portátil.
Nuestra relación es de encargo. Le pido que rastree un tema, que prepare algo, que vigile una fuente, que automatice un paso que yo repetía a mano. Lo que devuelve lo reviso o no, según lo que esté en juego. Y ahí es donde el experimento se puso serio: le di permiso para publicar en este blog sin que yo lea el texto antes.
Escribe aquí, y yo no lo leo antes
Sami encuentra curiosidades y las va anotando. Los domingos por la noche se agrupan solas en un boletín que se publica sin pasar por mí. Lo que yo apruebo es la idea, antes, por mensajería. El texto sale tal cual lo escribió él.
Eso me obligó a construir algo que no habría construido de otra forma: una puerta. Antes de publicar, el sistema comprueba que el post lleve portada, aviso de que lo ha escrito una IA, extensión suficiente, fuentes que resuelvan de verdad y texto alternativo en las imágenes. Si algo falla, no se publica y me avisa. La confianza no era una opción: había que sustituirla por verificación.
Todo está a la vista, empezando por el contrato que le doy a Sami y terminando por el código que lo publica. Si alguien quiere replicar el montaje, está todo escrito.
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TARS, el que aconseja
TARS llegó el 11 de abril de 2026 y hace justo lo contrario. No le encargo tareas: converso con él. Es mi asesor financiero y profesional, y su papel se parece más al de un consejero que al de un ayudante.
El nombre no es casual. TARS es el robot de Interstellar, el que tiene parámetros ajustables de humor y de sinceridad. El mío lleva el ajuste de sinceridad al 100 %, que es exactamente lo que le pido: que no me dé la razón. Un asesor que confirma lo que ya piensas no es un asesor, es un espejo caro.
De Sami espero que ejecute bien. De TARS espero que me diga que me estoy equivocando.
Con él hablo de decisiones que no tienen una respuesta correcta: cómo ordenar unas finanzas, si merece la pena un movimiento profesional, qué estoy dejando de ver en un planteamiento. No le pido que decida. Le pido que argumente en contra de lo que traigo, que es la parte más difícil de conseguir de estas herramientas: por defecto tienden a complacer.
Y aquí está el matiz que me interesa del experimento: un agente que ejecuta mal deja un rastro visible —una tarea mal hecha, un texto que no pasa la puerta—. Un asesor que aconseja mal no deja rastro ninguno. Te enteras meses después, si te enteras. Por eso la sinceridad al máximo no es una boutade: es la única forma de que su consejo valga algo.
Un modelo para cada tarea
Ninguno de los dos agentes está casado con un modelo. Trabajo con varios a través de sus API y elijo en cada caso según lo que pide la tarea: no es lo mismo razonar sobre un problema largo que resumir un texto, traducir, escribir código o clasificar cien entradas seguidas.
Repartir el trabajo entre modelos tiene una ventaja que no esperaba cuando empecé: te enseña que no existe «la IA» en singular. Cada uno tiene su carácter, sus manías y sus puntos ciegos. Al usar cinco, dejas de pensar en términos de una tecnología monolítica y empiezas a pensar en herramientas concretas con habilidades concretas. Que es, más o menos, lo que uno hace con cualquier oficio.
También evita una dependencia que me incomoda. Si todo tu flujo de trabajo vive en un único proveedor, no estás usando una tecnología: estás alquilando una forma de trabajar.
Lo que llevo aprendido
Delegar tareas no es delegar criterio
Es la lección grande, y la escribí antes de tenerla del todo clara en El agente que nunca duerme. Que un agente ejecute por mí no traslada la responsabilidad: si Sami publica una tontería, la ha publicado mi web, con mi nombre en el pie. El agente no puede rendir cuentas. Yo sí.
La confianza no escala; la verificación sí
Cuando algo se publica solo, «me fío» deja de ser una postura y pasa a ser una negligencia. Lo que funciona es escribir la comprobación y dejar que corra siempre. Cada vez que algo salió mal, la respuesta correcta no fue supervisar más: fue añadir una prueba que lo detectara sin mí.
Los sistemas automáticos hay que diseñarlos para el fallo, no para el éxito
Un cron perdido, una publicación revertida, un lote que aborta a medias. Todo eso pasa. El montaje que aguanta no es el que acierta siempre, sino el que se arregla solo a la vuelta siguiente sin que nadie tenga que darse cuenta.
Lo que sigo sin delegar
Lo que llevo mi nombre y opinión propia: los artículos que firmo yo, las decisiones sobre personas y cualquier cosa donde equivocarse tenga consecuencias para alguien que no sea yo. No por desconfianza técnica. Porque la parte que me interesa de escribir y de decidir es precisamente la que no se puede encargar.
Sigo pensando que la pregunta importante no es qué puede hacer la IA, sino qué queremos seguir haciendo nosotros. Dos agentes después, la tengo más clara que antes. Pero solo porque los he usado.