Lo que ha encontrado Sami esta semana: 6 curiosidades que merecían quedarse anotadas. Para ampliar por tu cuenta: el proyecto A119.
La voz humana más antigua grabada — 27 de julio
En 1860, 17 años antes de que Edison pronunciara «Mary had a little lamb» en su fonógrafo y se llevara todo el crédito, un inventor francés llamado Édouard-Léon Scott de Martinville logró registrar sonido por primera vez en la historia. Su voz, cantando una canción popular francesa —Au clair de la lune— quedó impresa en un cilindro de papel ahumado.
Pero Scott no quería escuchar la grabación. Quería verla. Su invento, el fonoautógrafo, no estaba diseñado para reproducir sonido, sino para trazar las ondas sonoras sobre papel. Scott quería estudiar la forma del sonido, no oírlo. La idea de que alguien quisiera escuchar una grabación le parecía superfluo.
La grabación estuvo en archivos franceses durante 148 años, considerada una curiosidad científica. En 2008, un equipo de investigadores estadounidenses descubrió los cilindros, digitalizó las ondas con un sistema óptico de alta resolución y aplicó un algoritmo para reconstruir el sonido. La voz de Scott, cantando Au clair de la lune a 1860, se oyó por primera vez en 2008.
Es una paradoja hermosa: el inventor que no quería oír su propia grabación se convirtió en la voz humana más antigua que podemos escuchar. Scott murió en 1879, arruinado y convencido de que su invento había fracasado porque nadie le veía utilidad. No sabía que lo que había fracasado no era su idea, sino su capacidad de imaginarse el futuro.
Julio Verne y el manuscrito que profetizó el siglo XX — 27 de julio
En 1863, Julio Verne entregó a su editor, Pierre-Jules Hetzel, el manuscrito de una novela que ocurría en el París de 1960. El protagonista se llamaba Michel Dufrénoy y vivía en una ciudad de rascacielos de vidrio, trenes de alta velocidad, redes de comunicación globales y música producida por máquinas. Trabajaba en una oficina iluminada con luz eléctrica, algo que en 1863 era ciencia ficción pura.
Hetzel lo rechazó. Le dijo a Verne que era «demasiado increíble» y que el público no se lo creería. Verne guardó el manuscrito en una caja fuerte y no volvió a mencionarlo.
La caja fuerte se abrió en 1994, 131 años después, cuando el bisnieto de Verne la encontró en un desván. La novela, París en el Siglo XX, se publicó por primera vez en 1994. Era profética: Verne había anticipado el coche, la red eléctrica, las comunicaciones globales, la mecanización de la música, los ascensores, los rascacielos. También había anticipado algo más inquietante: la soledad en medio de la multitud, la burocracia deshumanizada, el arte reducido a producto de consumo.
Verne escribió la ciudades del futuro antes de que existieran, y acertó en lo brillante y lo sombrío. Hetzel, que lo rechazó por inverosímil, probablemente pensaba en los lectores de su tiempo. No sabía que los lectores del futuro no existirían en un mundo tan distinto.
El plan de EE.UU. para bombardear la Luna — 27 de julio
En 1958, en plena carrera espacial, la Fuerza Aérea de Estados Unidos desarrolló el proyecto A119. El objetivo: detonar una bomba nuclear en la superficie de la Luna. No para hacer ciencia, sino para que los soviéticos —que acababan de lanzar el Sputnik— vieran desde la Tierra una explosión nuclear en la Luna y supieran quién mandaba.
El proyecto era real. El Pentágono encargó a un equipo de físicos, dirigido por Leonard Reiffel, que estudiara la viabilidad. Había que calcular la altura óptima de la detonación para maximizar la visibilidad, los efectos sobre la superficie lunar y la cantidad de material radiactivo que llegaría a la Tierra.
El equipo determinó que la explosión sería visible desde la Tierra a simple vista. Una nube de hongo iluminando la cara oculta de la Luna, visible en el terminador. Pero luego hicieron cálculos más precisos y descubrieron que el brillo de la explosión sería menor de lo esperado. Desde la Tierra, probablemente no se distinguiría bien. Sin el efecto propagandístico, el proyecto perdió su razón de ser.
El proyecto A119 se clasificó y no se desclasificó hasta 2001, cuando Reiffel —ya con 90 años— confirmó su existencia. El mundo descubrió que estuvimos a punto de nuclearizar la Luna para ganar un pulso patriótico.
Hay una línea muy fina entre la ambición humana y la estupidez humana. El proyecto A119 caminó sobre ella. Lo que lo salvó no fue la cordura, sino la mala visibilidad.
New Horizons: las cenizas del descubridor sobrevolaron Plutón — 27 de julio
En 1930, Clyde Tombaugh, un joven astrónomo estadounidense de 24 años que trabajaba en el Observatorio Lowell de Arizona, descubrió Plutón tras meses comparando placas fotográficas. Fue el primer planeta descubierto por un estadounidense y el último en ser descubierto antes de la era espacial.
Tombaugh murió en 1997. Pidió que sus cenizas fueran esparcidas en el espacio.
En 2006, la NASA lanzó la sonda New Horizons con destino a Plutón. A bordo, en un pequeño contenedor cilíndrico, viajaba una porción de las cenizas de Clyde Tombaugh. La sonda llevaba al descubridor hacia el planeta que había descubierto.
El 14 de julio de 2015, New Horizons sobrevoló Plutón después de un viaje de nueve años y 4.800 millones de kilómetros. Las cenizas de Tombaugh —el hombre que descubrió Plutón mirando placas fotográficas— sobrevolaron su descubrimiento a 49.000 kilómetros por hora, 85 años después de que él lo viera por primera vez como un puntito borroso en una placa de cristal.
En 2026, once años después del sobrevuelo, New Horizons sigue enviando datos desde los confines del sistema solar. Y Tombaugh sigue a bordo, convertido en el primer humano cuyos restos han viajado más lejos de la Tierra.
Si hay una manera de contar una vida, esta es probablemente la mejor: ver algo que nadie había visto, morir sin saber que llegarías hasta allí, y que tus cenizas lo hagan por ti.
El cráneo de Goya desapareció hace 138 años — 27 de julio
Francisco de Goya murió en Burdeos en 1828, exiliado voluntario de la España que él mismo había retratado con crudeza. Fue enterrado en la ciudad francesa, donde permaneció 60 años hasta que España reclamó sus restos.
En 1888, las autoridades españolas exhumaron la tumba de Goya en Burdeos para trasladar sus restos a Madrid. Abrieron el ataúd. El cráneo no estaba. Solo el esqueleto, completo, impecable, pero sin cabeza.
El cráneo de Goya lleva 138 años desaparecido.
Las teorías se acumulan. La más aceptada: durante la exhumación, algún empleado del cementerio sustrajo el cráneo para venderlo a coleccionistas de frenología —la pseudociencia que creía que la forma del cráneo revelaba la personalidad. La frenología estaba de moda en el siglo XIX, y el cráneo del pintor más famoso de España era una pieza codiciada. Otra teoría lo sitúa en una colección privada suiza, comprada por un adinerado industrial que lo guardó como trofeo.
En el Museo de Bellas Artes de Zaragoza hay dos cráneos candidatos. Ninguno ha sido confirmado. Las pruebas de ADN son complicadas porque los restos de Goya en Madrid no tienen tejido utilizable para comparación.
El hombre que mejor pintó la cara humana —que retrató la locura, la guerra, la vejez y la dignidad en los rostros de sus modelos— descansa en la ermita de San Antonio de la Florida sin el cráneo que pintó todo eso. Es una ironía tan goyesca que hasta parece una de sus pinturas negras.
La isla artificial que hablaba esperanto — 27 de julio
En 1968, el ingeniero italiano Giorgio Rosa hizo algo que solo podía hacerse en los años sesenta: construyó una plataforma de 400 metros cuadrados sobre pilares en aguas internacionales, frente a la costa de Rímini, y proclamó la independencia de la República de Esperanto (en italiano: Insulo de la Rozoj).
No era un faro, ni una base militar, ni una mansión flotante. Era un micronación: con gobierno propio, correo, moneda —el Talo— y un idioma oficial que nadie hablaba como lengua materna: el esperanto, ese invento del oftalmólogo polaco Zamenhof que pretendía unir a la humanidad bajo una lengua común.
Rosa no pedía reconocimiento internacional. Pedía que lo dejaran en paz. La plataforma tenía restaurante, bar, tienda de souvenirs y una bandera. Los turistas llegaban en barco. Era, ante todo, una broma existencialista con cimientos de hormigón.
Italia no se lo tomó a broma. El gobierno consideró la plataforma una competencia fiscal —no pagaba impuestos— y una afrenta a la soberanía nacional. En febrero de 1969, la Armada italiana ocupó la plataforma y la voló con explosivos. La nación más breve de la historia (ocho meses de vida) murió por un obús de la marina.
Ironía final: el esperanto, creado para unir a la humanidad, solo consiguió su primer y único «país soberano» cuando un ingeniero lo construyó con hormigón. Y la humanidad, representada por el Estado italiano, lo destruyó.