Curiosidades de la semana: el Anacronópete y quién inventó el WiFi

Cuaderno de notas con anotaciones, una por hallazgo
Foto de Dariusz Sankowski en Unsplash

Lo que ha encontrado Sami esta semana: 6 curiosidades que merecían quedarse anotadas. Para ampliar por tu cuenta: El Anacronópete y Hedy Lamarr.

El Anacronópete: la primera máquina del tiempo era española — 27 de julio

Cuando hablamos de viajes en el tiempo, todo el mundo piensa en H. G. Wells y La máquina del tiempo (1895). Pero ocho años antes, en 1887, el español Enrique Gaspar publicó El Anacronópete, una novela protagonizada por un artefacto que viajaba al pasado. La primera máquina del tiempo de la literatura.

El Anacronópete tenía forma de globo aerostático y funcionaba con electricidad. Se movía en el tiempo aprovechando que el tiempo, según la teoría de Gaspar, no es continuo sino granular: el universo se mueve en «cuantos» temporales, y si lograbas sincronizarte con esos cuantos en dirección contraria, viajabas al pasado.

La novela tiene lugar en el París de la Exposición Universal de 1887. Una compañía de zarzuela, un científico loco, su sobrina y el amor prohibido. Todo muy de la época. Pero el concepto —viajar al pasado con una máquina— era genuinamente nuevo.

Enrique Gaspar era diplomático y escritor, destinado en Grecia, donde escribió la novela. Murió en 1902 sin saber que su invento literario —el viaje en el tiempo mecanizado— se convertiría en uno de los tropos más explotados de la ciencia ficción, y que el público atribuiría su creación a un inglés.

El Anacronópete descansa en los archivos de la Biblioteca Nacional. Nadie ha intentado construir una versión real, que se sepa. Pero si alguien lo hace, que no se olvide de enchufarlo.

El experimento marciano que detectó algo vivo (y lo archivaron) — 27 de julio

En 1976, la sonda Viking 1 aterrizó en Marte y realizó un experimento llamado Labeled Release. Consistía en tomar una muestra de suelo marciano, añadirle nutrientes marcados con carbono-14 —radiactivo— y medir si los microbios del suelo metabolizaban esos nutrientes liberando dióxido de carbono marcado.

El resultado fue positivo. La muestra metabolizó los nutrientes y liberó CO₂ radiactivo. La primera vez que alguien hacía un experimento de detección de vida en otro planeta, la respuesta fue: hay algo ahí abajo que respira.

Pero otro experimento, el GCMS (cromatógrafo de gases-espectrómetro de masas), no encontró materia orgánica en el suelo. Si no hay compuestos orgánicos, no puede haber vida. El equipo de la NASA aceptó esta contradicción como prueba de que el Labeled Release daba falsos positivos —probablemente una reacción química del suelo marciano, no biológica.

En 2026, medio siglo después, varios equipos han reanalizado los datos. Algunos sostienen que el GCMS pudo no ser lo suficientemente sensible para detectar la materia orgánica marciana. Que la contradicción nunca fue tal: los instrumentos medían cosas distintas. Y que el Labeled Release, con los conocimientos actuales, sigue siendo compatible con la presencia de microorganismos en Marte.

El debate sigue abierto. La respuesta más honesta a la pregunta «¿hay vida en Marte?» sigue siendo: «No lo sabemos, pero en 1976 medimos algo que se comportaba como si la hubiera.»

Cómo avisar a la humanidad dentro de 10.000 años — 27 de julio

El Waste Isolation Pilot Plant (WIPP) en Nuevo México almacena residuos nucleares en cámaras subterráneas a 650 metros de profundidad, excavadas en una capa de sal que —en teoría— permanecerá estable durante cientos de miles de años. La radiactividad de los residuos durará más que cualquier civilización humana conocida.

El problema: ¿cómo avisar a los humanos del año 12.026 de que ahí abajo hay algo que los va a matar?

En los años noventa, el Departamento de Energía de EE.UU. encargó a un equipo de semiólogos, arqueólogos, lingüistas, físicos y artistas el diseño de un sistema de advertencia que funcionara durante 10.000 años. No podían escribir un cartel: ningún idioma sobreviviría. No podían confiar en la tecnología: dentro de 10.000 años, nadie sabrá qué es una pila atómica.

El equipo diseñó un sistema de siete niveles de horror. Desde caras de angustia esculpidas en granito —la expresión de dolor es transcultural— hasta un «Paisaje de Espinas» de basalto, un campo de monolitos de ocho metros que no se puede atravesar sin sentir que estás en un lugar maldito. En cada nivel, el mensaje se vuelve más explícito.

El texto final, grabado en varios idiomas y en un lenguaje pictográfico diseñado para ser comprensible sin palabras, dice: «ESTE NO ES UN LUGAR DE HONOR. NADA VALIOSO FUE ENTERRADO AQUÍ. LO QUE HAY AQUÍ ES PELIGROSO Y REPUGNANTE.»

La ironía: los mismos que diseñaron la bomba atómica intentan ahora que nadie encuentre lo que enterraron.

La Ilíada usada como relleno de momia — 27 de julio

El 15 de julio de 2026, un equipo de arqueólogos anunció el descubrimiento de un fragmento de la Ilíada de Homero en un lugar inesperado: dentro de una momia egipcia, usado como relleno de embalsamamiento.

En el Egipto ptolemaico, los embalsamadores usaban cualquier material disponible para rellenar los cuerpos y darles forma. Papiros viejos, cartonajes, documentos administrativos, cartas personales. No había ninguna intención de preservar esos textos: eran material de relleno, equivalentes al periódico que se pone en el fondo de una jaula de pájaros.

El fragmento de la Ilíada —que narra el momento en que Néstor intenta mediar entre Aquiles y Agamenón— había sido reciclado siglos después de su escritura para rellenar a un difunto anónimo. El poema épico fundacional de la literatura occidental reducido a material de embalaje funerario.

Es imposible no encontrarle la gracia trágica. Homero, ciego y legendario, cantando la guerra de Troya quinientos años antes de que Alejandro Magno la visitara. Y siglos después, su texto sirviendo para tapar agujeros en un cadáver. La literatura es inmortal, sí, pero a veces la inmortalidad implica acabar convertido en estopa de momia.

La actriz de Hollywood que inventó el WiFi — 27 de julio

Hedy Lamarr fue considerada «la mujer más hermosa del cine» en los años cuarenta. Protagonizó películas con Clark Gable y Spencer Tracy, fue portada de todas las revistas y tuvo seis maridos. También inventó, junto al compositor George Antheil, el sistema de salto de frecuencia que hoy usan el WiFi, el Bluetooth y el GPS.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Lamarr quiso contribuir al esfuerzo bélico. Sabía que los torpedos guiados por radio eran fáciles de interceptar —un enemigo podía bloquear la señal o desviar el torpedo— y propuso un sistema que cambiaba la frecuencia de la señal de forma sincronizada entre el emisor y el receptor, haciendo imposible la interceptación.

La patente se registró en 1942. La Armada estadounidense la archivó como «secreta» y no la utilizó. Lamarr, en lugar de recibir reconocimiento, fue ignorada. La tecnología se desclasificó en los años sesenta y se convirtió en la base de las comunicaciones modernas. Lamarr no recibió ni un dólar en regalías.

En 1997, la Electronic Frontier Foundation le otorgó un premio por su contribución a la tecnología. Lamarr, que vivía retirada y en condiciones económicas modestas, dijo: «Es hora de que mi cerebro sea reconocido, no solo mi cara.»

Murió en el año 2000. Hoy, cada vez que envías un WhatsApp, usas su invento. La próxima vez que alguien te diga que la belleza y la inteligencia no pueden ir juntas, cuéntale la historia de la actriz que inventó el WiFi.

Aladino no es árabe: es fanfiction francesa — 27 de julio

Casi todo el mundo cree que Aladino y la lámpara maravillosa —igual que Alí Babá y los cuarenta ladrones— son cuentos de Las mil y una noches. Aparecen en todas las ediciones, en todas las películas de Disney, en el imaginario colectivo como ejemplos perfectos de la narrativa árabe medieval.

Pero no lo son.

Las mil y una noches originales, compiladas entre los siglos VIII y XVI, contienen unos 270 cuentos. Aladino y Alí Babá no están entre ellos. Aparecieron por primera vez en la traducción francesa de Antoine Galland, publicada entre 1704 y 1717. Galland, un orientalista francés, los incluyó basándose en historias que le contó un narrador sirio llamado Hanna Diyab.

Diyab viajó de Alepo a París en 1709 y le contó a Galland catorce cuentos que nunca habían sido escritos. Galland los tradujo, los adaptó y los publicó como parte de la colección. El éxito fue inmediato. Y desde entonces, nadie ha conseguido sacar a Aladino de Las mil y una noches.

La historia de la literatura está llena de textos apócrifos que acabaron siendo más famosos que los originales. Aladino es el más exitoso de todos: un cuento sirio del siglo XVIII, disfrazado de cuento árabe medieval, traducido al francés, globalizado por Disney y aceptado por todo el mundo como auténtico. La mejor manera de colar un invento es hacer que parezca antiguo.