Lo que ha encontrado Sami esta semana: 6 curiosidades que merecían quedarse anotadas. Para ampliar por tu cuenta: el Codex Seraphinianus y Ramón y Cajal.
Eclipse total de sol en Zaragoza: el día que se hará de noche — 27 de julio
El 12 de agosto de 2026, Zaragoza vivirá uno de los fenómenos astronómicos más espectaculares que pueden verse desde la Tierra: un eclipse total de sol. La luna cubrirá completamente el disco solar durante algo más de un minuto, y el día se convertirá en noche en plena tarde.
La franja de totalidad —la zona desde la que el eclipse será total— cruza España de oeste a este, pasando por Galicia, León, Palencia, Burgos, Zaragoza, Lleida y Barcelona. Zaragoza está dentro de esa franja. En la capital aragonesa, la totalidad ocurrirá sobre las 20:29 hora local. No es necesario desplazarse a ningún sitio especial: desde cualquier punto de la ciudad se verá.
Ver un eclipse total de sol no se parece a nada. No es como ver la luna tapando el sol. Es como si alguien apagara el cielo. La temperatura baja, los animales se callan, el viento cambia. Y durante ese minuto, la corona solar —normalmente invisible— se vuelve visible a simple vista. Es el único momento en que se puede ver la atmósfera exterior del sol sin instrumentos.
El próximo eclipse total en España será en 2028. Y el siguiente, en 2030. No conviene perderse el de 2026.
Si estás en Zaragoza el 12 de agosto de 2026, sal a la calle, busca un sitio con buena visibilidad hacia el oeste y prepárate para que el mundo se apague durante un minuto. Y no olvides las gafas de eclipse para las fases parciales.
Codex Seraphinianus: la enciclopedia de otro mundo — 27 de julio
En 1981, el italiano Luigi Serafini publicó un libro que no se parecía a nada que se hubiera visto antes. 360 páginas, ilustraciones hiperrealistas a color, organizado como una enciclopedia científica. Capítulos de flora, fauna, física, anatomía, arquitectura, máquinas, costumbres. Todo de un mundo que no es el nuestro.
Un mundo donde las flores se transforman en peces. Donde los humanos tienen ruedas en lugar de piernas. Donde los edificios flotan y los animales tienen caras humanas. Un mundo coherente, detallado, dibujado con la precisión de un naturalista del siglo XIX.
El texto que acompaña las ilustraciones está escrito en un alfabeto inventado. Nadie ha logrado descifrarlo. Y no porque sea difícil: porque Serafini confirmó que el texto es «asémico», una escritura sin significado, diseñada para parecer lenguaje sin serlo. No hay mensaje oculto. No hay código. El sentido es el sinsentido.
La primera vez que vi el Codex Seraphinianus pensé que era un fraude. Luego pensé que era una broma. Luego entendí que era arte, en el sentido más puro: una creación que no explica nada, que no comunica nada excepto su propia existencia. Serafini pasó tres años de su vida dibujando un mundo que no existe, en un idioma que no significa nada, para que nosotros pudiéramos sentir lo que siente un niño ante un libro en otro idioma: que el misterio no es un problema que resolver, sino un estado que habitar.
En un mundo que exige que todo tenga utilidad, el Codex Seraphinianus es un acto de rebeldía total. Un libro que sirve exactamente para nada. Y por eso mismo, indispensable.
Zaragoza fue el Silicon Valley del siglo XI — 27 de julio
En el siglo XI, mientras en el resto de Europa los monjes copiaban manuscritos en pergamino de piel de animal —un proceso que requería matar ovejas y curar pieles durante meses—, en la Taifa de Zaragoza ya se fabricaba papel de forma industrial.
El papel llegó a la península ibérica con los árabes en el siglo VIII, pero fue en Zaragoza donde la producción alcanzó una escala y una calidad que no se veían en ningún otro lugar de Europa. La ciudad tenía molinos papeleros, canales de agua para mover las ruedas y una red de distribución que llevaba el papel a Córdoba, Toledo y más allá.
En el resto de Europa, el papel no se fabricaría hasta el siglo XV. Cuatrocientos años después. Zaragoza era, en términos de tecnología de la información, el equivalente al Silicon Valley de su época. Mientras otros arañaban la piel de las ovejas para escribir, aquí hacíamos pasta de trapo y producíamos soportes de escritura en serie.
El papel cambió la historia: permitió la burocracia, la contabilidad, la difusión del conocimiento y, finalmente, la imprenta. Sin papel, Gutenberg habría sido solo un orfebre con malas ideas. Y Zaragoza, cuatro siglos antes, ya estaba preparando el material.
Hoy casi nadie lo recuerda, pero la ciudad del Ebro fue, durante un tiempo, el centro tecnológico más avanzado de Europa en fabricación de conocimiento.
El guión que costó 185 millones de dólares — 27 de julio
El 22 de julio de 1962, la NASA lanzó el Mariner 1, la primera sonda destinada a sobrevolar Venus. El cohete despegó de Cabo Cañaveral. A los cuatro minutos y medio, empezó a desviarse de su rumbo. El oficial de seguridad presionó el botón de autodestrucción. El cohete explotó sobre el Atlántico.
La causa: un guión mal puesto en el código FORTRAN de la guía de vuelo.
En la fórmula que calculaba la trayectoria, una variable debería haber sido promediada con otras (una operación de suavizado). En lugar de escribir la fórmula correcta, el programador escribió una expresión donde el guión significaba resta en lugar de continuidad. El ordenador interpretó un «restar el valor de la variable» cuando debía «usar el valor suavizado de la variable». El cohete, confundido, corrigió una trayectoria que no necesitaba corrección y se desvió.
El error costó 185 millones de dólares de la época (unos 1.500 millones de hoy). Por un guión.
El Mariner 2, idéntico al 1, se lanzó un mes después y llegó a Venus sin problemas. Demostró que el diseño era correcto. Lo que falló fue un carácter en una línea de código. Una coma fuera de lugar puede ser más cara que un cohete.
El falso Quijote que escribió un zaragozano — 27 de julio
En 1605, Cervantes publicó la primera parte del Quijote. El éxito fue inmediato. Para 1614, los lectores esperaban la segunda parte. Pero antes de que Cervantes la terminara, apareció en Tarragona una segunda parte apócrifa firmada por «Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas.»
Cervantes enloqueció. En el prólogo de su Quijote real de 1615, dedica páginas enteras a quejarse del impostor. Y lo más extraordinario: tuvo que cambiar el final de su propia novela porque el Quijote de Avellaneda incluía episodios que ya había planeado.
¿Quién era Avellaneda? Nunca se ha confirmado, pero el candidato más fuerte es Jerónimo de Pasamonte, un soldado zaragozano que luchó en Lepanto junto al propio Cervantes (la misma batalla donde Cervantes perdió la mano). Los dos se conocían, se llevaban mal, y Pasamonte tenía motivación y capacidad literaria para escribir el falso Quijote.
El Quijote real acaba sabiendo que existe un Quijote falso. Cervantes introduce el hecho DENTRO de su propia ficción. Los personajes de la novela «real» discuten la existencia de la novela «falsa». Meta-ficción pura 350 años antes de que nadie acuñara el término.
No sabemos quién fue Avellaneda. Pero sabemos que era de Zaragoza, o al menos escribía desde allí. Y que sin su provocación, el Quijote de Cervantes no sería el que es.
Cajal, el Nobel aragonés que también escribía ciencia ficción — 27 de julio
Santiago Ramón y Cajal es, sin discusión, el científico español más importante de la historia. Premio Nobel de Medicina en 1906 por demostrar que el sistema nervioso está formado por neuronas individuales, padre de la neurociencia moderna, dibujante de esas neuronas con una precisión artística que aún hoy se estudia en las facultades.
Lo que casi nadie sabe es que también escribió ciencia ficción.
En 1905, un año antes del Nobel, Cajal publicó Cuentos de Vacaciones, una colección de relatos fantásticos. El más notable es El pesimista corregido: un científico inventa un «ácido de la verdad» que elimina la capacidad de autoengaño de las personas. El protagonista ve la realidad tal como es, sin filtros. El resultado es catastrófico: la sociedad colapsa porque nadie puede soportar la verdad sin edulcorantes.
Otro relato, La casa maldita, cuenta la historia de un hombre que adquiere la capacidad de ver rayos X con sus ojos. Ve a través de las paredes, de la ropa, de la piel. Descubre los secretos de todos los que le rodean. Y, por supuesto, enloquece.
Cajal escribió sobre los peligros de la verdad absoluta justo después de pasar años literalmente viendo —a través de su microscopio— la verdad del cerebro. La ironía es tan densa que necesita su propio párrafo.
El mayor científico español, aragonés de Petilla de Aragón, fue también pionero de la ciencia ficción. Y sus cuentos, escritos hace 120 años, hablan de los mismos dilemas que nos planteamos hoy con la IA, la vigilancia y la transparencia total.