Llegué tarde a Sapiens. Cuando lo empecé ya se había convertido en uno de esos libros que todo el mundo cita, lo cual suele generarme resistencia. Lo leí con desconfianza y salí con la sensación de haber recibido una idea que se me ha quedado pegada.
La idea central
Harari se pregunta por qué el Homo sapiens, que no era el más fuerte ni tenía el cerebro más grande —los neandertales lo tenían mayor—, acabó siendo la única especie humana que queda.
Su respuesta es que lo determinante fue la capacidad de cooperar en grandes números, y que eso solo es posible mediante ficciones compartidas. Un chimpancé coopera con quien conoce personalmente, y por eso sus grupos tienen un techo. Nosotros cooperamos con desconocidos porque creemos en las mismas cosas inventadas: dioses, naciones, dinero, empresas, leyes, derechos humanos.
Ninguna de esas cosas existe fuera de nuestra cabeza colectiva. Un billete es un papel; una empresa es un acuerdo; una frontera es una línea que solo está en el mapa. Y sin embargo esas ficciones organizan el trabajo de millones de personas que nunca se verán.
Dicho así puede sonar a provocación fácil. Pero el argumento aguanta bien, y explica cosas que uno ve todos los días sin relacionarlas.
Por qué me interesa profesionalmente
Trabajo en organizaciones, y una organización es exactamente eso: una ficción compartida que funciona mientras la gente crea en ella.
Un organigrama no describe una realidad física. Describe un acuerdo sobre quién decide qué. El día que un número suficiente de personas deja de comportarse según ese acuerdo, el organigrama sigue existiendo en el papel y ha dejado de existir en la práctica. Cualquiera que haya visto una reestructuración sabe de qué hablo: el cambio real no ocurre cuando se publica la nueva estructura, sino meses después, cuando la gente empieza de verdad a preguntar al nuevo responsable.
Lo mismo pasa con los procedimientos. Un procedimiento existe si la gente cree que existe. Hay organizaciones con manuales impecables donde el trabajo se hace de otra manera, y todo el mundo lo sabe, y nadie lo dice.
Las tres revoluciones
El libro se organiza en torno a la revolución cognitiva, la agrícola y la científica. La parte que más me hizo pensar es la agrícola, que Harari llama "el mayor fraude de la historia".
Su tesis: la agricultura no mejoró la vida de las personas. Aumentó la población total y empeoró la vida individual —peor dieta, más horas de trabajo, más enfermedades, jerarquías nuevas—. El trigo no nos domesticó a nosotros menos de lo que nosotros lo domesticamos a él.
Es un buen recordatorio de que progreso agregado y bienestar individual pueden ir en direcciones distintas. Y de que las decisiones colectivas rara vez se toman: se acumulan. Nadie decidió pasar de cazador a agricultor; se dieron miles de pasos pequeños, cada uno razonable, y al final no había vuelta atrás.
Esa dinámica la reconozco en la digitalización. Nadie decidió que estaríamos disponibles a todas horas. Se fueron tomando decisiones razonables una a una.
Lo que discuto
Harari escribe con una seguridad que a veces no se corresponde con la solidez de lo que afirma. Hay tramos donde una hipótesis discutida entre especialistas se presenta como hecho establecido, y el lector no especializado no tiene forma de distinguir una cosa de la otra. Los historiadores profesionales le han criticado eso con razón.
También hay un tono de desencanto elegante que se vuelve repetitivo. Todo acaba siendo una ficción, todo progreso es ambiguo, toda mejora esconde una pérdida. Después de cuatrocientas páginas, la fórmula se ve venir.
Aun así, merece la pena. No como manual de historia, sino como ejercicio de perspectiva: obliga a mirar lo que damos por natural y preguntarse cuándo lo inventamos y quién sale ganando con que sigamos creyéndolo.