He dado bastante formación obligatoria. También la he recibido. Y hay un patrón que se repite tanto que ya no me parece casualidad.
El circuito funciona así: se detecta una necesidad, se convoca un curso, la gente asiste, rellena una encuesta de satisfacción, recibe un certificado y el indicador se cumple. Todo encaja. El problema es que en ese circuito el aprendizaje es opcional: se puede completar entero sin que nadie haya aprendido nada, y el sistema no lo detecta.
Lo que medimos y lo que pasa
Medimos asistencia, horas y satisfacción. Ninguna de las tres se parece al aprendizaje.
La asistencia mide presencia física o una sesión abierta en el navegador. La satisfacción mide, sobre todo, si el formador cayó bien y si la sala estaba a buena temperatura. Es un dato útil para otras cosas, pero correlaciona mal con lo aprendido: las sesiones que más incomodan, las que obligan a reconocer que hacías algo mal, puntúan peor y suelen ser las que dejan poso.
Y las horas, directamente, miden lo contrario de lo que queremos. Un curso de veinte horas no es mejor que uno de seis: es más caro y más difícil de sostener. Pero como el indicador cuenta horas, se diseñan cursos largos.
Por qué la obligatoriedad estropea el resultado
Aquí está, creo, el nudo del asunto. Un adulto aprende cuando tiene un problema que resolver. Esa es la premisa de toda la teoría de aprendizaje de adultos, y es de sentido común: nadie retiene un procedimiento que no va a usar.
La formación obligatoria invierte esa relación. Primero se imparte, por si acaso, y luego —quizá, algún día— aparece el problema. Para entonces se ha olvidado casi todo, porque lo que no se usa no se consolida.
Además genera un efecto perverso: si asistir es obligatorio, asistir se convierte en el objetivo. La persona no está allí para aprender, está para constar. Y entonces cualquier cosa que le exija esfuerzo —participar, equivocarse delante de otros, hacer un ejercicio— se percibe como un abuso, porque no forma parte del trato.
Qué me ha funcionado mejor
Formar cerca del uso. La misma sesión, impartida dos semanas antes de que la herramienta entre en producción, vale diez veces más que impartida seis meses antes. Es el mismo contenido y la misma persona; lo que cambia es que ahora hay un problema esperando.
Reducir el temario a lo que se usa. Todo curso tiende a crecer hasta cubrir la funcionalidad completa del sistema, incluida la que nadie tocará nunca. Cortar eso es difícil porque parece que estás dando menos, pero lo que en realidad estás haciendo es dejar de repartir la atención entre lo importante y lo irrelevante.
Dejar rastro consultable. Lo verdaderamente útil no suele ser la sesión, sino tener a mano el sitio donde mirar cuando llegue la duda real, tres semanas después. Una buena guía breve rinde más que muchas horas de aula.
Preguntar a los tres meses. No "¿te gustó?", sino "¿lo has usado?, ¿qué te falló?". Ese dato duele, y por eso casi nadie lo recoge.
Lo que no tiene arreglo fácil
Hay formación que es obligatoria por motivos legítimos: protección de datos, prevención, normativa. Ahí no hay elección, y probablemente la única salida sea asumir que el objetivo real es la constancia y no fingir que es el aprendizaje. Al menos así se puede hacer breve y honesto en lugar de largo y ficticio.
Pero para el resto, la pregunta que me hago antes de aceptar un encargo de formación es simple: ¿qué van a poder hacer estas personas el lunes que no pudieran hacer el viernes?
Si no sé responderla, el curso probablemente sobra. Y si la respuesta es "conocerán la existencia de", entonces lo que hacía falta era un correo bien escrito, no un aula.