Evaluar cuando cualquiera puede entregar un trabajo correcto

Laptop, phone, and notebook on a wooden desk.
Foto de Jakub Żerdzicki en Unsplash

En las conversaciones que tengo con gente que se dedica a formar, hay un asunto que aparece siempre y que nadie tiene resuelto: cómo se evalúa ahora.

El planteamiento habitual es defensivo. Cómo detectar si un trabajo lo ha hecho una IA, qué herramientas hay para identificarlo, si volvemos a los exámenes en papel.

Creo que esa es la vía muerta. No porque sea ilegítima, sino porque no funciona: los detectores tienen tasas de error inaceptables, dan falsos positivos con personas que escriben de forma correcta y estructurada, y van siempre por detrás.

Merece la pena dar un paso atrás y preguntarse qué estábamos evaluando.

Qué demostraba un trabajo entregado

Un informe, una memoria o un ejercicio escrito nunca fueron el objetivo. Eran una señal: si esta persona ha sido capaz de producir esto, probablemente entiende el tema, sabe estructurar un argumento y domina el vocabulario.

Esa inferencia funcionaba porque producir el texto requería atravesar el proceso. No había atajo.

Ahora sí lo hay. Con lo cual la señal se ha roto: el entregable ya no informa sobre quien lo entrega. No es que los alumnos hagan trampa; es que el instrumento de medida dejó de medir.

Qué se puede evaluar

Lo que he ido probando, con resultados desiguales pero en la buena dirección.

El proceso, no el producto. Pedir el recorrido: qué fuentes consultaste, qué descartaste y por qué, qué versión previa tenías y qué cambiaste. Es más difícil de fabricar y, sobre todo, es lo que de verdad queríamos enseñar.

La defensa oral. Diez minutos de preguntas sobre el trabajo entregado distinguen con una claridad brutal a quien lo ha pensado de quien lo ha encargado. No hace falta ser hostil: basta con preguntar por qué eligió ese enfoque y qué haría distinto ahora.

La aplicación al caso propio. Un trabajo sobre "la gestión documental en las administraciones públicas" es genérico y delegable. Un trabajo sobre "cómo aplicarías esto en tu unidad, con las restricciones que tienes" exige un conocimiento del contexto que la herramienta no posee.

La crítica de un material dado. Entregar yo un texto con errores y pedir que los encuentren y los argumenten. Evalúa criterio, que es exactamente lo que ha subido de valor.

El giro que me parece interesante

Todo esto se suele plantear como un problema. Y a mí me parece que ha destapado algo que ya estaba mal.

Muchas de las cosas que evaluábamos eran, en realidad, medidas de laboriosidad. Un trabajo de veinte páginas demostraba sobre todo que alguien había dedicado veinte horas. Y confundíamos eso con aprendizaje, porque estaban correlacionados y porque era cómodo de corregir.

Ahora esa correlación se ha roto, y no queda otra que evaluar lo que siempre debimos evaluar: si esta persona entiende, si sabe decidir con lo que entiende y si puede defender su decisión.

Es más trabajo. Una defensa oral de diez minutos por persona no escala como corregir treinta memorias con una rúbrica. Y ahí está el problema real, que es de recursos y no de tecnología.

Lo que no haría

Prohibir. Además de inaplicable, envía el mensaje equivocado: que la herramienta que van a usar todos los días en su trabajo es incompatible con aprender.

Lo razonable es lo contrario: pedir que la usen, que digan cómo la han usado y que expliquen qué han hecho con lo que les devolvió. Eso es una competencia evaluable y además es la que van a necesitar.

Y hay algo que conviene decir a quien se forma, sin dramatismo: puedes entregar un trabajo excelente sin haber aprendido nada, y nadie se dará cuenta salvo tú. Dentro de dos años, cuando tengas que resolver algo de verdad, esa diferencia será la única que importe.

Ese argumento convence a menos gente de la que debería. Pero es el único honesto.