Hay una limitación en el acceso a la información que se menciona poco, quizá porque es demasiado obvia: para buscar algo hay que saber que existe.
Suena tonto y tiene consecuencias grandes. Uno puede tener a su disposición toda la información del mundo y no llegar nunca a lo que le habría cambiado el enfoque, sencillamente porque no sabía que existía y por tanto no lo buscó.
Lo que el buscador no puede darte
Un buscador —y ahora, un asistente conversacional— responde preguntas. Es extraordinariamente bueno en eso. Lo que no puede hacer es decirte qué preguntas deberías estar haciendo.
Si no sé que existe la teoría de las restricciones, no la busco, y sigo intentando optimizar el paso equivocado de mi proceso. Si nunca he oído hablar de la ley de Goodhart, diseño mi cuadro de mando sin sospechar que el indicador se va a deformar.
Ese conocimiento —el de qué existe— tiene una característica curiosa: no se adquiere buscando. Se adquiere por exposición. Alguien te lo menciona, aparece en un libro que estabas leyendo por otra cosa, sale en una conversación.
El problema de la eficiencia
Aquí está lo que me da vueltas. Todas nuestras herramientas están optimizadas para lo primero y son hostiles a lo segundo.
El buscador me lleva directo a lo que pedí. El asistente me da la respuesta sin el rodeo. El resumen me ahorra el libro. Los sistemas de recomendación me ofrecen más de lo que ya me interesa.
Todo eso es eficiente y todo eso reduce la exposición a lo que no buscaba. Y lo que no buscaba es justamente lo que amplía el mapa.
Lo noto en mi propia forma de leer. Cuando leo un libro entero, aparecen tres o cuatro cosas que no tenían nada que ver con el motivo por el que lo cogí y que resultan ser lo más útil. Cuando leo un resumen, obtengo la tesis principal —lo que ya sabía que buscaba— y ninguna de las otras.
Dónde sigue ocurriendo
He intentado identificar dónde me llega todavía ese tipo de conocimiento, y las fuentes son curiosamente antiguas.
Los libros completos, con sus digresiones y sus capítulos que uno no habría elegido.
Las conversaciones con gente que hace cosas distintas. Especialmente las que no tienen agenda: la comida larga, el trayecto compartido. Ahí aparece "pues nosotros esto lo resolvemos así" y de pronto ves que tu problema tenía otra puerta.
Las librerías y las bibliotecas físicas. El libro de al lado. Es una forma de recomendación tosca —por materia, por tamaño, por editorial— y precisamente por tosca te pone delante cosas que ningún algoritmo te habría ofrecido.
Escuchar a quien empieza. Las preguntas de alguien sin experiencia son las que rompen los automatismos. Por qué se hace así. Quién decidió esto.
Lo que hago con esto
He empezado a proteger deliberadamente el tiempo improductivo de lectura. No leer para resolver un problema, sino leer sin objetivo, aceptando que la mayoría no servirá para nada.
Es difícil de justificar en términos de rendimiento, y sospecho que es de las cosas más rentables que hago.
También he cambiado una costumbre pequeña: cuando alguien me menciona algo que no conozco, lo apunto en el momento, aunque no venga a cuento. Esa lista de cosas que no sabía que existían ha resultado ser una fuente mucho mejor que cualquier búsqueda deliberada.
Una preocupación
Si las herramientas siguen mejorando en darnos exactamente lo que pedimos, y nosotros seguimos midiendo su valor por lo eficientemente que lo hacen, vamos a construir un entorno en el que cada uno profundiza indefinidamente en lo que ya sabía que le interesaba.
Es un riesgo distinto al de la desinformación, y creo que menos atendido. No es que nos cuenten cosas falsas. Es que dejamos de tropezarnos con lo verdadero que no estábamos buscando.