El aula invertida no va de vídeos

Empty classroom with desks and chalkboard
Foto de Ivan Aleksic en Unsplash

Cada vez que en una conversación sobre formación aparece el aula invertida, alguien lo resume igual: "es grabar la clase en vídeo para que la vean en casa". Y ahí se queda.

He impartido bastantes horas de formación a empleados públicos, y he probado el modelo con resultados desiguales. Lo que he aprendido es que ese resumen no solo es incompleto: apunta justo a la parte que menos importa.

Lo que realmente se invierte

La idea original de Bergmann y Sams no era grabar vídeos. Era una constatación previa: en una clase tradicional dedicamos el tiempo presencial —el caro, el que reúne a diez personas y un formador en el mismo sitio— a transmitir información, que es precisamente lo que un texto o un vídeo hacen igual de bien. Y dejamos para casa, en soledad y sin ayuda, la parte difícil: aplicar eso a un caso, equivocarse, atascarse.

El aula invertida cambia el orden. La transmisión se hace fuera. El tiempo compartido se dedica a lo que solo puede hacerse en compañía: resolver dudas reales, discutir casos, corregir errores en el momento en que se cometen.

Dicho así parece obvio. Pero fíjate en la consecuencia: lo que se invierte no es el soporte, es el uso del tiempo presencial. Si grabas la teoría en vídeo y luego dedicas la sesión a repasar la teoría "por si acaso no la han visto", no has invertido nada. Has añadido trabajo.

Por qué falla en la práctica

He visto fracasar el modelo tres veces por el mismo motivo, y ninguna tenía que ver con la tecnología.

La primera: nadie ve el material previo. Si la formación es obligatoria y no hay consecuencia por llegar sin preparar, la mitad del aula llega en blanco. El formador entonces tiene que elegir entre abandonar a esa mitad o repetir la teoría, y casi siempre repite. Con lo cual quien sí lo vio aprende que prepararse no sirve de nada, y a la siguiente tampoco lo hace.

La segunda: el material previo es malo. Grabar una hora de presentación con la webcam y colgarla no es diseñar contenido asíncrono. Un vídeo que hay que ver del tirón, sin poder buscar dentro, sin índice, sin saber qué es esencial y qué es accesorio, es peor que un documento bien estructurado.

La tercera, y la más común: la sesión presencial no está diseñada. Preparar una clase magistral es relativamente sencillo, porque el guion lo pones tú. Preparar una sesión donde el guion lo ponen las dudas de los asistentes es muchísimo más difícil. Exige dominar el tema de verdad, tener casos preparados, saber improvisar y aceptar que a veces te van a preguntar algo que no sabes. Bastantes formadores prefieren no exponerse a eso, con razón o sin ella.

Lo que sí me ha funcionado

Reducir el material previo a lo mínimo indispensable, y decirlo explícitamente: esto son doce minutos, y sin esto la sesión no te va a servir.

Empezar la sesión con un problema, no con un resumen. Si el material previo era necesario, el problema lo demuestra en dos minutos, y quien no lo vio lo descubre solo, sin que nadie se lo reproche.

Y aceptar que el modelo no encaja en todo. Para una normativa que hay que conocer literalmente, la formación tradicional funciona bien. Para una herramienta que hay que usar, o para un criterio que hay que desarrollar, invertir el aula cambia el resultado de forma clara.

El fondo del asunto

Hay algo que me interesa más que el modelo en sí. El aula invertida obliga a responder una pregunta incómoda: ¿para qué estamos juntos en esta sala?

Si la respuesta es "para que yo os cuente cosas que podríais leer", entonces la sala no aporta nada y estamos gastando el recurso más caro de la organización —el tiempo de las personas— en algo que un documento resolvería mejor.

Esa pregunta, por cierto, no es solo sobre formación. Es exactamente la misma que deberíamos hacernos antes de convocar cualquier reunión.