Hace algo más de un año empecé a correr, y escribí sobre ello a propósito del libro de Murakami. Desde entonces he seguido, con más constancia de la que yo mismo esperaba, y he ido leyendo cosas del género.
Correr o morir es de otra especie. Kilian Jornet no es un aficionado que reflexiona: es alguien que ha ganado prácticamente todo lo que se puede ganar en ultratrail y esquí de montaña, y que subió el Everest dos veces en una semana sin oxígeno suplementario.
Uno esperaría un libro de gesta. Es más raro que eso.
El niño de la montaña
La primera parte cuenta una infancia que explica bastante. Jornet creció en un refugio de montaña en Cap del Rec, a dos mil metros, donde sus padres trabajaban. Con tres años subía cumbres. A los cinco hizo su primer tresmil.
Lo cuenta sin ninguna épica, como quien describe lo normal, y ahí está lo interesante: para él la montaña no fue un descubrimiento ni una conquista. Fue el sitio donde vivía.
Eso desmonta un poco la lectura motivacional del libro. Su capacidad no procede de una decisión heroica de superación, sino de veinte años de exposición diaria a un entorno desde antes de tener memoria. Es un recordatorio incómodo de lo mucho que pesa el contexto en lo que acabamos siendo capaces de hacer.
El dolor como información
La parte que más me ha hecho pensar es cómo habla del sufrimiento.
En el discurso deportivo habitual, el dolor es un enemigo que se vence con voluntad. Jornet lo trata como información. Distingue entre el dolor que avisa de una lesión y el que solo indica fatiga, y describe una relación con su propio cuerpo que es más de escucha que de dominio.
Hay un pasaje sobre una carrera en la que abandona, y lo cuenta sin dramatismo ni justificación. Simplemente el cuerpo decía otra cosa.
Me parece aplicable fuera del deporte. La cultura del esfuerzo suele enseñar a ignorar señales, y ese aprendizaje se traslada al trabajo con bastante fidelidad: aguantar es una virtud, parar es una debilidad. Y hay una diferencia importante entre el cansancio que se pasa descansando y el que avisa de que algo está roto.
La obsesión, sin adornos
El libro es honesto en algo que muchos textos de deportistas maquillan: esto es una obsesión.
Jornet describe entrenamientos que ocupan la vida entera, una relación con la competición que raya en la compulsión, y una incapacidad para estar quieto que él mismo reconoce como un problema. Hay momentos donde el lector piensa que esto no es admirable, es preocupante.
Y me parece un mérito que no lo suavice. La excelencia extrema en cualquier disciplina tiene un coste que rara vez se cuenta, porque estropea el relato inspirador. Aquí se cuenta.
Lo que me llevo
No he salido con ganas de correr un ultratrail. He salido con dos ideas.
Una: la constancia sin espectáculo produce resultados que la intensidad episódica no produce. Veinte años de estar en la montaña todos los días. No hay atajo, y el atajo es justo lo que buscamos.
Dos: no hay que confundir el modelo con el método. Lo que hace Kilian Jornet es irrepetible y no debería serlo tampoco. Lo que sí es trasladable es su forma de relacionarse con el esfuerzo: escuchar en lugar de imponer, y aceptar que hay días en que el cuerpo manda.
Lo que discuto
Como texto, es irregular. Se nota que no es escritor: hay tramos brillantes junto a otros que son poco más que una crónica de carrera con tiempos y nombres de rivales. La traducción tampoco ayuda en algunos pasajes.
Pero se lee rápido y deja poso. Y a mí, que corro despacio y sin más aspiración que seguir haciéndolo, me ha recordado que lo importante no es la marca. Es haber salido.