Antifrágil, de Nassim Taleb

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Foto de Khamkéo en Unsplash

Taleb es un autor con el que discuto todo el rato mientras leo, y eso probablemente sea un elogio.

Antifrágil parte de una observación lingüística. Tenemos una palabra para lo que se rompe con los golpes —frágil— y otra para lo que los aguanta sin cambiar —robusto, resistente—. Pero no tenemos ninguna para lo que mejora con los golpes.

Y esa categoría existe. El músculo se fortalece con el esfuerzo que lo daña. El sistema inmune aprende de la infección. Un negocio pequeño se adapta a una crisis que hunde al grande. Taleb propone llamarlo antifrágil, y sobre esa idea construye seiscientas páginas.

La tríada

Lo útil del concepto es que obliga a clasificar las cosas de otra manera. Ante cualquier sistema, la pregunta deja de ser "¿es sólido?" y pasa a ser "¿qué le hace la volatilidad?".

Lo frágil se beneficia de la calma y se destruye con lo inesperado. Un proceso optimizado al máximo, sin holgura, con un único proveedor y un único experto, es extremadamente eficiente mientras nada falle. El día que falla algo, se cae entero.

Lo robusto aguanta y no aprende. Sobrevive al golpe igual que estaba.

Lo antifrágil sale reforzado, porque el golpe le da información que no tenía y le obliga a adaptarse.

Aplicado a organizaciones, esto tiene consecuencias directas. La búsqueda de eficiencia máxima —eliminar holguras, reducir redundancias, concentrar proveedores, especializar al extremo— fabrica sistemas frágiles. Y lo hace de forma invisible, porque durante los años tranquilos los indicadores mejoran.

Lo que me parece más aplicable

La opcionalidad. Taleb insiste en preferir situaciones donde el coste de equivocarse es pequeño y el beneficio de acertar, grande. Muchas apuestas baratas en lugar de una cara. Es exactamente lo contrario de la lógica de los grandes proyectos de transformación, que apuestan mucho a una sola carta con un plan a tres años.

Los daños pequeños y frecuentes. Un sistema que nunca falla no ha aprendido a fallar. Las organizaciones que sufren incidencias pequeñas continuamente desarrollan una capacidad de respuesta que las que llevan años sin ningún sobresalto no tienen. Cuando a estas últimas les llega el problema serio, se paralizan.

El sesgo de intervención. Taleb describe la tendencia a actuar sobre sistemas que se regularían solos, y a hacer más daño interviniendo que dejando estar. En gestión lo he visto muchas veces: el problema que se habría resuelto solo y sobre el que se montó un plan de acción que generó tres problemas nuevos.

Lo que no me convence

Taleb es un autor difícil de soportar. Dedica una cantidad notable de páginas a insultar a economistas, académicos y periodistas, con una beligerancia que acaba cansando y que además debilita sus argumentos: cuesta distinguir cuándo tiene razón y cuándo simplemente está ajustando cuentas.

También hay un problema de fondo. El concepto es enormemente sugerente y muy difícil de aplicar con precisión. Casi cualquier cosa se puede etiquetar de frágil o antifrágil a posteriori, según convenga al argumento, y no ofrece una manera clara de determinarlo por adelantado, que es cuando serviría.

Y su desprecio por la predicción, siendo saludable como corrección, se convierte en una postura tan absoluta que resulta impracticable. Hay que decidir con información imperfecta, y "no se puede predecir" no ayuda a nadie a decidir un lunes por la mañana.

Lo que me llevo

Una pregunta que uso a menudo desde que lo leí: si esto que estamos montando funciona perfectamente durante tres años y luego pasa algo imprevisto, ¿qué se rompe primero?

Casi nunca hay respuesta preparada. Y buscarla suele revelar dependencias en las que nadie había pensado, normalmente concentradas en una persona, un proveedor o un sistema.

Con eso ya justifica la lectura, aunque haya que atravesar bastante ruido para llegar.