Lo que no cabe en una videollamada

Oval brown wooden conference table and chairs inside conference room
Foto de Benjamin Child en Unsplash

Llevo años combinando trabajo presencial y remoto, y he pasado por las fases habituales: el entusiasmo de descubrir que muchas reuniones no requerían un desplazamiento de tres horas, y después la sospecha de que algo se estaba quedando fuera.

Ahora, con perspectiva, creo que puedo nombrar qué.

Lo que la videollamada hace igual o mejor

Conviene empezar por aquí, porque el balance no es nostálgico.

Una reunión con orden del día claro, para decidir sobre algo definido, funciona igual de bien o mejor en remoto. Empieza a la hora, no hay charla previa, la gente se centra y termina antes.

Una sesión de trabajo sobre un documento compartido funciona claramente mejor: todos ven lo mismo, se edita en directo y queda constancia.

Y la formación de contenido estructurado, con material de apoyo, funciona bien en remoto y llega a mucha más gente. Lo he comprobado impartiendo a personas de veinte municipios distintos que jamás habrían coincidido en una sala.

Lo que no cabe

Lo que ocurre en los márgenes. Los cinco minutos antes de empezar y los diez del pasillo después. Ahí es donde alguien comenta de pasada el problema que no estaba en el orden del día, donde se calibra el estado de ánimo real de un equipo y donde surgen la mitad de las colaboraciones. En remoto ese espacio no existe: la reunión empieza cuando empieza y termina con un botón.

La información periférica. En una sala uno ve las caras de los diez asistentes a la vez, no solo la del que habla. Ve quién frunce el ceño cuando se menciona un plazo, quién mira a otro buscando complicidad. Esa información es la que permite decir "creo que aquí hay algo que no estamos hablando". En una cuadrícula de miniaturas, con la mitad de las cámaras apagadas, esa señal desaparece.

La confianza inicial. Trabajar en remoto con gente con la que ya tienes historia funciona bien. Construir esa historia desde cero en remoto es mucho más lento. La confianza se acumula en interacciones informales de baja intensidad, y esas son justamente las que el formato elimina.

El conflicto productivo. Discrepar por videollamada es incómodo de una manera distinta. La latencia, los turnos de palabra, la imposibilidad de leer la reacción inmediata. La consecuencia es que la gente discrepa menos y las decisiones se toman con menos contraste.

Lo que hago con esto

He dejado de plantearlo como una elección global y he empezado a decidir por tipo de encuentro.

Para decidir algo definido: remoto, y corto.

Para arrancar un proyecto, incorporar a alguien nuevo o resolver un conflicto: presencial, aunque cueste organizarlo. Lo que se juega en esos momentos justifica el desplazamiento.

Para formación de criterio, donde importa la discusión y no la transmisión: presencial si es posible. Para formación de contenido: remoto sin dudarlo.

Y una regla que me ha servido: si en una reunión remota alguien tiene que decir algo difícil, la reunión debería ser presencial. Las malas noticias, las evaluaciones y las conversaciones incómodas merecen una sala.

Una observación

Lo que más me llama la atención de estos años es que la discusión pública se ha planteado casi siempre en términos de productividad: si se rinde más o menos desde casa. Y creo que esa es la pregunta menos interesante.

La productividad medida a corto plazo probablemente es igual o mejor en remoto. Lo que está en juego es otra cosa, más lenta y más difícil de medir: cómo se forma un profesional joven sin observar a los mayores, cómo se mantiene un equipo cohesionado a lo largo de años, cómo se transmite lo que nadie ha escrito.

Esas cosas no salen en el informe trimestral. Salen en el segundo o tercer año, y para entonces resulta difícil relacionarlas con la causa.