Lo que el verano enseña sobre el ritmo

Chairs beside table
Foto de Raj Rana en Unsplash

Cada verano se repite el mismo fenómeno y cada verano me llama la atención.

Durante unas semanas, buena parte de las organizaciones funcionan con la mitad de la plantilla. Se atienden los asuntos que no pueden esperar, se aplaza el resto y el mundo sigue girando. En septiembre nadie hace un balance de las catástrofes ocurridas en agosto, porque no las hubo.

Y sin embargo, el resto del año trabajamos como si todo lo que hacemos fuera imprescindible.

El experimento involuntario

El verano es, sin proponérselo, el mejor experimento natural que tiene una organización sobre sí misma. Reduce drásticamente la capacidad y observa qué pasa.

Los resultados, si uno se molesta en mirarlos, son informativos.

Hay una parte del trabajo que efectivamente no puede parar: los plazos, la atención al ciudadano, lo que tiene consecuencias inmediatas. Esa parte se cubre y se cubre bien.

Hay otra parte que se aplaza y luego se recupera sin daño. Simplemente ocurre más tarde.

Y hay una tercera parte —la interesante— que se aplaza y no se recupera nunca, porque en septiembre nadie se acuerda de ella y nadie la echa de menos. Reuniones periódicas que no se convocan, informes que no se piden, seguimientos que no se hacen.

Esa tercera categoría es la que merecería un examen, y casi nunca se hace. Volvemos en septiembre y restauramos el calendario completo sin preguntarnos qué de lo que se cayó valía la pena recuperar.

Por qué no aprendemos de esto

Creo que hay dos razones.

La primera es que el verano se percibe como excepcional. Lo que ocurre en agosto no cuenta, es un paréntesis. Con lo cual la evidencia que genera se descarta por definición.

La segunda es más incómoda: reconocer que algo no hacía falta implica que alguien lo estuvo haciendo sin que hiciera falta. Y eso, en una organización, no es una conversación neutra.

Es más cómodo restaurarlo todo en septiembre y no mirar.

Lo del ritmo

Hay otra cosa que el verano enseña, y tiene que ver con la variación.

Trabajar siempre al mismo ritmo, doce meses al año, es una construcción bastante reciente y bastante rara. Todos los oficios tradicionales tenían estacionalidad, picos y valles, épocas de mucha intensidad y épocas de mantenimiento.

El trabajo de oficina eliminó eso: la misma carga, todas las semanas, indefinidamente. Y creo que esa uniformidad es parte del problema. No estamos hechos para sostener un esfuerzo constante sin variación; estamos hechos para alternar.

El verano restituye artificialmente esa alternancia, y por eso funciona tan bien como reparación. La cuestión es si hace falta esperar a agosto.

Lo que intento

He empezado a organizar el año con más variación deliberada. Semanas de mucha intensidad seguidas de semanas de menor carga, en lugar de un promedio constante. Épocas de producción y épocas de lectura y preparación.

No siempre puedo, porque el calendario depende de otros. Pero cuando lo consigo, el rendimiento del conjunto es claramente mejor que el de la marcha uniforme.

Y una pregunta que me hago cada septiembre, con resultados desiguales: de todo lo que se cayó en julio, ¿qué voy a recuperar y por qué?

Casi siempre hay una o dos cosas que decido no retomar. Y ninguna se ha echado en falta todavía.

La objeción

Sé que hay una réplica evidente a todo esto: en agosto no pasa nada porque los demás también están parados. La actividad baja en conjunto, no solo en tu organización.

Es cierto en parte y explica una porción del fenómeno. Pero no explica la tercera categoría, la de lo que se cae y nadie recupera. Esas reuniones periódicas y esos informes no dejaron de hacer falta porque el resto del mundo estuviera de vacaciones: dejaron de hacer falta porque nunca la hicieron, y el verano solo lo puso en evidencia.

Hay otra objeción más seria: en muchos servicios públicos agosto no es un descanso, es un mes de mínimos con la misma demanda y la mitad de la gente. Quien se queda lo sufre, y hablar del verano como pausa reparadora suena a privilegio.

Lo reconozco. Y precisamente por eso creo que el análisis merece la pena: si se puede identificar lo que efectivamente no hacía falta, la carga de quien se queda cubriendo agosto podría ser bastante menor de lo que es.

Nadie hace ese análisis, y todos los septiembres volvemos a poner el calendario entero.