La valentía de los soñadores incómodos

La valentía de los soñadores incómodos

!Collage de cinco visionarios: Nikola Tesla, Julio Verne, Thomas Edison, Steve Jobs y Elon Musk, cada uno en su época, con mirada firme y rodeados de sus creaciones

Hay personas que no miran el mundo como es, sino como podría ser. No les basta con aceptar lo que tienen delante: necesitan imaginar lo que todavía no existe, y —esto es lo realmente difícil— contarlo en voz alta.

A estas personas las llamamos visionarias. Pero en su época, solían llamarlas de otras formas: ilusos, alborotadores, arrogantes, inadaptados, peligrosos.

El precio de ver primero

Julio Verne escribió en 1863 una novela sobre el París de 1960. En sus páginas aparecían rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, automóviles de gasolina, luces eléctricas, máquinas calculadoras y ejecuciones por electricidad. Su editor, Pierre-Jules Hetzel, la rechazó con un veredicto que hoy resulta escalofriante: "Esto no responde a ninguna pregunta sobre el futuro posible. Nadie va a creerse este futuro de mierda."

Verne guardó el manuscrito en una caja fuerte. Allí pasó 131 años. El siglo entero que había profetizado transcurrió sin que nadie supiera que él ya lo había contado. La novela se publicó por primera vez en 1994. La crítica la comparó con Orwell y Huxley.

Verne no se equivocaba. Llegó demasiado pronto, que es otra forma de estar solo.

Genio y figura

Nikola Tesla murió solo y pobre en una habitación de hotel, hablando con palomas. Había inventado la corriente alterna que ilumina medio planeta, había soñado con la transmisión inalámbrica de energía, había visualizado un mundo conectado sin cables. Edison, su gran rival, era mejor hombre de negocios, más hábil en la guerra mediática. Tesla era un genio incómodo, incapaz de venderse, demasiado adelantado, demasiado raro.

Thomas Edison, por su parte, tampoco fue un santo. Era despiadado con la competencia, electrocutó animales públicos para desprestigiar la corriente alterna de Tesla, y se atribuyó invenciones que no eran suyas. Pero también tenía algo que los demás no: la convicción absoluta de que un fracaso no es más que un experimento que todavía no ha funcionado. Patentó más de mil inventos. Probó miles de materiales para el filamento de la bombilla. No era amable, pero era imparable.

Steve Jobs fue despedido de su propia empresa. Le dijeron que no servía para dirigir. Fundó NeXT, compró Pixar, y volvió para salvar Apple de la ruina. Era un capullo, lo sabía todo el mundo, incluidos sus empleados. Pero tenía una capacidad casi patológica para ver lo que los demás no veían. Cuando presentó el iPhone en 2007, la industria se rio. Una semana después, dejó de reírse.

Elon Musk es el vivo ejemplo de que la historia se repite. Cada proyecto suyo —coches eléctricos, cohetes reutilizables, túneles, chips cerebrales, internet satelital— fue recibido con burlas, predicciones de fracaso y análisis sesudos de por qué era imposible. Después de que SpaceX estrellara tres cohetes seguidos, todo el mundo daba por muerta la empresa. En el cuarto despegue, llevaban un cargamento de baratijas —literalmente, porque no podían pagar una carga real— y cuando el Falcon 1 alcanzó la órbita, Musk había vuelto a ganar. No porque tuviera suerte, sino porque nunca consideró la opción de rendirse.

El nexo invisible

¿Qué comparten estas cinco personas, más allá de haber cambiado el mundo?

Primero: la capacidad de sostener una imagen del futuro en la mente, con nitidez, cuando nadie más la ve. Verne visualizó el París del siglo XX en 1863. Tesla diseñaba sus inventos mentalmente, sin planos, y los montaba sin modificaciones. Jobs veía productos completos antes de que existiera ni uno solo de sus componentes. Segundo: la incomodidad. Ninguno de ellos era fácil de tratar. Eran tozudos, arrogantes, obsesivos, a veces bordeline insoportables. No es que el genio excuse el mal carácter; es que la capacidad de ver más allá suele venir acompañada de una incapacidad casi simétrica para relacionarse con lo que está delante. El mundo real les parece lento, torpe, corto de miras. Y no tienen paciencia para disimularlo. Tercero: el fracaso como combustible. Todos fracasaron, y mucho. Verne tuvo una novela rechazada que nadie leyó en 131 años. Tesla murió arruinado. Edison acumuló miles de intentos fallidos. Jobs fue despedido. Musk ha estado al borde de la quiebra varias veces. Pero el fracaso no era un punto final para ellos, sino un dato. Cuarto: la valentía de contar. Porque no basta con soñar. Hay que decirlo en voz alta. Hay que poner tu visión sobre la mesa, exponerte al ridículo, a la incomprensión, a la risa. Y seguir hablando mientras los demás se ríen.

Esa es, quizá, la forma más pura de valentía: ser capaz de soñar y, sobre todo, de contar tus sueños a los demás aunque sepas que no te van a entender.

Lo que nos enseñan

No hace falta ser un genio ni cambiar el mundo para aprender algo de ellos.

La próxima vez que tengas una idea que te parezca buena pero te dé vergüenza contarla, acuérdate de Verne guardando su manuscrito en una caja fuerte. Acuérdate de Tesla explicando la corriente alterna a un mundo que no entendía de qué hablaba. Acuérdate de Jobs, despedido de su propia empresa, volviendo años después a cambiarlo todo.

El valor no está en acertar. Está en atreverse.

Y si encima aciertas, mejor. Pero el mérito no está en el acierto, sino en haber tenido el valor de intentarlo sabiendo que igual te llamaban loco.

Porque al final, los locos que vieron el futuro no estaban locos. Solo llegaron antes.

Y llegaron solos.