Este es un libro breve —poco más de setenta páginas— y de los que dejan una idea clavada durante meses. Lo leí de una sentada y llevo desde entonces volviendo a él.
Byung-Chul Han es un filósofo coreano-alemán que escribe con una prosa densa, a veces algo repetitiva, y con una capacidad poco común para nombrar cosas que uno intuía sin saber decir.
La tesis
Han sostiene que hemos cambiado de paradigma social sin darnos cuenta.
El siglo XX fue, según él, una sociedad disciplinaria: instituciones que prohibían, normas que limitaban, la fábrica, el cuartel, el hospital. Su figura central era el sujeto de obediencia, y sus enfermedades características eran las infecciosas, las de la negatividad, las del otro que invade.
El siglo XXI ha sustituido el "no debes" por el "puedes". Todo es posible, todo está disponible, todo depende de ti. Ya no hay un amo que te explote: te explotas tú, voluntariamente y con entusiasmo, en nombre de tu propia realización. Y sus enfermedades características son otras: depresión, ansiedad, síndrome de desgaste, déficit de atención. Enfermedades de exceso, no de represión.
Lo demoledor del argumento es esto: en la sociedad disciplinaria, cuando fracasabas, la culpa era del sistema que te oprimía. En la del rendimiento, cuando fracasas, la culpa es tuya, porque nadie te obligaba. No hay contra quién rebelarse. El explotador y el explotado son la misma persona.
Por qué me interesa
Trabajo en un entorno donde el discurso dominante es exactamente el que Han describe. Formación continua, reinventarse, mejora constante, salir de la zona de confort, ser proactivo. Todo formulado en positivo, todo aparentemente liberador, y todo con una exigencia implícita que no tiene techo.
Porque ese es el problema del "puedes": no termina nunca. Una prohibición se cumple y ya está. Una posibilidad ilimitada siempre deja pendiente lo que no has hecho.
Lo veo en gente de mi entorno profesional que ha interiorizado la mejora continua hasta un punto donde descansar produce culpa. Y lo veo en mí, para qué negarlo: la sensación difusa de que el tiempo no dedicado a producir algo está mal empleado.
El aburrimiento profundo
Hay un capítulo sobre el aburrimiento que me parece el mejor del libro. Han recupera una idea de Walter Benjamin: el aburrimiento profundo es "el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia". Sin ese estado de atención dispersa, sin momentos sin estímulo, no aparece lo nuevo.
Y sostiene que hemos eliminado ese estado por completo. La multitarea, que celebramos como logro civilizatorio, la describe como una regresión: es la atención del animal que come vigilando a la vez a los depredadores. Amplia, superficial y permanentemente alerta. Incompatible con la contemplación, que es donde según él ocurre lo importante.
No sé si comparto la conclusión entera, pero la observación es difícil de rebatir. Los momentos en que se me han ocurrido las cosas que valían la pena no fueron delante de una pantalla.
Lo que discuto
Han escribe con un tono apocalíptico que a veces se pasa de frenada, y con una nostalgia de un pasado contemplativo que probablemente nunca existió para la mayoría de la gente. La sociedad disciplinaria que describe también producía cansancio, y bastante más miseria.
También hay un problema de fondo: elimina casi por completo la dimensión material. Se puede analizar el agotamiento contemporáneo sin mencionar precariedad, salarios ni jornadas, pero el resultado es incompleto. No todo el mundo se autoexplota por realización personal; hay quien acumula empleos por necesidad.
Aun así, el diagnóstico central me sigue pareciendo certero. Y su propuesta —recuperar el derecho a no hacer nada, sin justificarlo por productividad— me parece más subversiva de lo que suena.