Hay frases que se repiten tanto que ya nadie las comprueba. «No multipliques los entes sin necesidad». La hemos oído todos: en una clase, en un código limpio, en una consulta médica, en una camiseta. Es la navaja de Ockham y suena a verdad tallada en piedra medieval. El problema es que el hombre cuyo nombre lleva la frase nunca la escribió.
No es un detalle menor. Es exactamente el tipo de entuerto que la propia frase debería ayudarnos a cortar.
El fraile y su navaja
Guillermo de Ockham nació en una aldea de Surrey, en Inglaterra, hacia 1287, y murió en Múnich casi sesenta años después. Franciscano, lógico y azote de su tiempo, estudió en Oxford y nunca llegó a terminar el máster: se quedó en el limbo académico, lo que le valió un apodo entre la ironía y el respeto, el «venerable inceptor».
Su biografía no es la de un señor de biblioteca. En 1324 lo llamaron a Aviñón acusado de herejía. En 1328 huyó de allí de madrugada con otros franciscanos que se habían enemistado con el papa Juan XXII a cuenta de la pobreza. Lo excomulgaron y se refugió bajo la protección del emperador Luis IV de Baviera, que andaba en guerra con el mismo papa. La frase que se le atribuye en esa huida es mucho mejor que la de la navaja: «Defiéndeme tú con la espada, y yo te defenderé con la pluma». Pasó el resto de su vida escribiendo panfletos políticos y murió, probablemente, de la peste negra.
Lo que le hizo famoso no fue su vida, sino una regla. Y ahí empieza el lío.
La frase que nunca firmó
«Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem»: los entes no deben multiplicarse sin necesidad. Suena a Ockham, lleva su nombre, se cita como suya. Y no está en ninguna de sus obras que conozcamos. La formulación aparece tres siglos más tarde, en 1639, en un comentario del fraile irlandés John Punch sobre Duns Escoto, que la presenta como un «axioma vulgar»: algo que corría por las escuelas sin dueño claro.
Lo que Ockham sí escribió es otra cosa: «la pluralidad nunca debe ponerse sin necesidad». Casi lo mismo, pero no igual, y la diferencia importa. Porque el principio tampoco lo inventó él: venía de Aristóteles y lo usaban todos los escolásticos. Y, detalle delicioso, Ockham lo limitaba: sostenía que no valía cuando hablábamos de milagros o del poder de Dios. Es decir, el patrono de «no añadas cosas que no hacen falta» dejaba la puerta abierta a añadir la cosa más grande de todas.
Aun así, la etiqueta cuajó. La metáfora de la «navaja» —la que corta lo superfluo— también es posterior, y en el siglo XIX un manual de historia de la filosofía la pegó a su nombre para siempre. La fuente donde lo cuentan con pelos y señales es esta nota sobre quién afiló la navaja; el principio, con la atribución correcta, está en la voz «Occam's razor», y su pensamiento de verdad, en la entrada que le dedica la Stanford Encyclopedia of Philosophy.
Para qué sirve de verdad
Pero no nos quedemos en la anécdota, porque la herramienta sigue siendo buena. La navaja no dice «lo simple es verdadero». Dice algo más modesto y más útil: cuando dos explicaciones explican lo mismo, quédate con la que necesita menos piezas. Es la lógica del médico ante unos cascos que se acercan: caballos, no cebras. No porque las cebras no existan, sino porque postular una cebra es añadir un supuesto.
Aplicada a la vida, la navaja es un detector de humo. Cuando alguien te vende un sistema que necesita un milagro para funcionar, sospecha. Cuando una explicación se apoya en diez condiciones encadenadas y un poquito de mala leche, sospecha. Cuando un proyecto se rompe, casi siempre se rompió por un supuesto de más, no de menos. La sobreingeniería es multiplicar entes. La burocracia es multiplicar entes. La teoría del vecino sobre todo lo que se mueve por su barrio es multiplicar entes a mansalva.
Y aquí está la trampa en la que caemos todos: la navaja no dice «lo simple gusta más». Dice «no añadas sin motivo». A veces el motivo existe.
El riesgo de cortar de más
El error simétrico es creer que la explicación sencilla siempre gana. A veces el mundo es complicado de verdad y la respuesta corta es la corta y falsa. Durante siglos, explicar una epidemia con «el aire está viciado» era más económico que postular bichos invisibles que nadie había visto nunca. Los bichos existían igual. La simplicidad no es un certificado de verdad: es un criterio de desempate para cuando la evidencia no distingue.
Hoy, además, la navaja ha perdido filo en el sitio menos pensado. En inteligencia artificial, los modelos que mejor funcionan no son los más pequeños y ordenados, sino los gigantes con miles de millones de parámetros. Sobre el papel deberían sobreajustar, memorizar el ruido; en la práctica generalizan. Multiplicamos los entes a lo bestia y el invento funciona. Décadas de «menos es más» en la teoría del aprendizaje, y llega una red enorme y le quita la razón.
Vuelve a la navaja
Y sin embargo, sigo usándola todos los días, porque su valor real no es matemático. Es casi ético. Es una forma de humildad: no meter más cosas de las que puedo justificar. Cuando te cuento una historia, cuando te vendo un plan, cuando te explico por qué algo ha fallado, la navaja me obliga a preguntarme: ¿y esto de dónde lo saco? ¿Me lo pide el problema o me lo pido yo?
Lo gracioso, y con esto cierro, es que la propia navaja arrastra un ente de más desde hace casi cuatro siglos: una frase que su dueño nunca pronunció. La herramienta contra los añadidos innecesarios vive sobre un añadido innecesario. Si de verdad aplicáramos la regla, deberíamos empezar por quitársela a Ockham y devolvérsela a un fraile irlandés del que no se acuerda nadie.
Pero para qué. Importa menos de quién es la frase que lo que la frase hace cuando la usas bien. Y esa, sospecho, es la única parte que Ockham habría firmado.