La guerra fría de la inteligencia artificial

Rascacielos iluminados de una gran ciudad asiática de noche
Foto de I P en Unsplash

Hay una escena en la película Jerry Maguire que siempre me ha parecido de las más sinceras que ha dado Hollywood. El protagonista, un agente deportivo que ha tocado fondo, se pasa la noche en vela y, en lugar de revolverse en la cama, se sienta frente al ordenador y escribe. Escribe su famosa mission statement, un manifiesto sobre cómo debería ser su trabajo, con la tele encendida y la casa a oscuras. No escribe para nadie. Escribe para poner orden dentro de su cabeza. Para dormir, quizá.

Esta noche no he podido dormir. Y en lugar de dejarme llevar por la desesperación he hecho lo mismo que Jerry Maguire: me he sentado a escribir. Como terapia. Para relajarme e intentar conciliar el sueño.

Y a la cabeza me ha venido, no sé muy bien por qué, un libro que leí hace casi tres años, y del que escribí un post. Superpotencias de la inteligencia artificial, de Kai-Fu Lee. Lo leí en formato digital primero, y en papel después y recuerdo que lo subrayé mucho, cosa que no me gusta hacer con los libros en papel.

Para mí el mensaje principal del libro era positivo, ya que ve la IA como una herramienta para que las personas sean más personas. Aunque el libro ahonda en otros temas, uno de los cuales me parece muy interesante para explicar por qué en el escenario geopolítico bipolarizado entre China y EEUU, cada uno está en el lugar que está. Incluso permite ubicar a las ausencias (Europa, América Latina o África) y es cuando habla de la filosofía de las empresas estadounidenses frente a las chinas, de las ventajas competitivas de cada país y de cómo se compite en un mercado o en otro.

Aún me maravilla pensar que este libro fue escrito en 2018, ¡4 años antes de que todos los que leáis esto supiéramos lo que era la inteligencia artificial! Si os pica la curiosidad, sigue a la venta, también en audiolibro.

Mi reseña la escribí en 2023. Y aquí sigo, tres años después, dándole vueltas a lo mismo. Solo que ahora el tema ya no vive entre las páginas de un libro: es el titular de todos los periódicos, la preocupación de todos los gobiernos y, probablemente, la partida que va a definir el siglo.

Tengo que confesar algo: no sé cómo termina. No soy capaz de visualizarlo y suelo ser muy malo adivinando, por lo que permanezco expectante, por más que hay una tendencia que creo que de forma muy evidente apunta en una única dirección, que es la que me empuja a escribir.

La guerra que no se declara

Estados Unidos y China libran desde hace años una competición por la inteligencia artificial que no ha sido declarada formalmente, pero que está en todas partes. En las sanciones a la exportación de chips, en los aranceles, en la carrera por construir los centros de datos más grandes del planeta, en el talento que migra de un lado a otro, en los modelos que se publican con fecha y hora como si fueran lanzamientos discográficos.

No es una guerra de tanques ni de misiles. Es una guerra de datos, de cómputo, de capital y de personas que saben programar. Y, como toda guerra, tiene bajas: empresas que se hunden, investigadores atrapados entre dos mundos.

Lo curioso es la sensación de que a ninguno de los dos bandos le beneficia completamente ganar del todo: les basta con que el otro no gane, que no es poco.

Lo que se parece a la Guerra Fría

La tentación de comparar esto con la Guerra Fría es irresistible, y no del todo equivocada. Las similitudes están ahí, y son más de las que solemos admitir.

Dos bloques. No es que haya dos bloques formales, pero hay dos polos de gravedad a los que todo el mundo acaba orbitando. Cada país, cada empresa, cada investigador, toma decisiones según esté más cerca de uno que del otro.

Una carrera tecnológica como símbolo. La carrera espacial fue el escaparate de la Guerra Fría: el Sputnik, la Luna, el orgullo nacional puesto en órbita. Hoy ese escaparate es la IA. Cada modelo nuevo que publica un laboratorio chino o estadounidense es visto por el otro con la misma mezcla de admiración y pánico con que se recibieron en su día los diferentes hitos de la carrera espacial.

El embargo como arma. Estados Unidos restringe la venta de chips avanzados a China con la misma lógica con la que Occidente restringió la exportación de tecnología al bloque soviético. La tecnología como instrumento de presión geopolítica.

El espionaje y la fuga de talento. Entonces eran espías y cohetes robados. Ahora son ingenieros fichados a golpe de visa y de sueldo, investigaciones que cambian de país de la noche a la mañana, secretos industriales que viajan en memorias USB.

La bipolaridad como marco mental. Lo más parecido a la Guerra Fría es la forma en que el mundo vuelve a pensarse a sí mismo: en términos de dos. Con quién estás, qué tecnología usas, qué estándares adoptas. La neutralidad vuelve a ser una posición incómoda.

Lo que no se parece en nada

Pero las diferencias son todavía más profundas que las similitudes. Y son las que hacen que esta guerra sea tan difícil de leer.

No hay ideología exportable. La Guerra Fría fue también una guerra de ideas: dos formas de organizar la sociedad, dos relatos sobre el futuro. Esto no. China no vende un sistema político al mundo; vende capacidad tecnológica. No hay un «manifiesto» de la IA china que pretenda conquistar corazones, ni falta que le hace. Es una ventaja silenciosa: no tiene que convencer a nadie, solo ser útil.

No hay armas nucleares como árbitro final. En la Guerra Fría, la disuasión nuclear garantizaba que, pase lo que pase, nadie cruzaría cierta línea. Aquí no existe ese seguro. La escalada no tiene techo ni suelo: la guerra es económica y tecnológica, se libra todos los días, en cada compra, en cada actualización de software.

La interdependencia. El bloque soviético y Occidente podían permitirse vivir de espaldas. Hoy China y Estados Unidos están entrelazados: el uno fabrica lo que el otro diseña, el uno compra lo que el otro produce. Separarse duele a los dos. Es una guerra entre socios, la más incómoda que existe.

La velocidad. La Guerra Fría duró cuatro décadas y se movió a un ritmo de décadas. La IA se mueve a un ritmo de meses. Lo que hoy es ventaja competitiva, el año que viene es historia. No es una partida de ajedrez pensada: es un juego de reflejos.

La ventaja que no vemos

Y ahora llego a lo que quería decir, a lo que llevo meses rumiando después de releer a Kai-Fu Lee con los ojos de 2026.

Mi tendencia es pensar que esta batalla la ganará China. Y no por lo que suele decirse —no por su población, ni por su censura, ni por la supuesta superioridad de su modelo político— sino por algo más prosaico: porque juega con reglas que nosotros no podemos permitirnos jugar.

Occidente está atrapado en sus propias contradicciones. Nuestras democracias eligen a dirigentes que no necesitan ser competentes: necesitan ser influyentes. Necesitan recaudar fondos, ganar primarias, construir marcas personales, contentar a los lobbies, sobrevivir al ciclo electoral. La competencia técnica es un accidente, no un requisito. Gobernar se ha convertido en una carrera de popularidad con campaña permanente.

Y esa dinámica tiene un precio: la influencia económica se convierte en poder político, y el poder político en influencia económica. El circuito se retroalimenta. El sistema premia a quien mejor navega el juego, no a quien mejor resuelve los problemas.

Frente a eso, China presenta algo que nos resulta casi incómodo de reconocer: una meritocracia. Sus dirigentes han pasado por un proceso de selección que, con todas las reservas que quieras ponerle, no depende de la popularidad ni del dinero. Depende de resultados. Se asciende demostrando capacidad de gestión, cumpliendo objetivos, resolviendo problemas reales. No es un sistema que yo quiera para mí —no confundamos las cosas— por razones obvias, pero produce dirigentes que saben lo que hacen.

Ahí está la ironía que me quita el sueño: Occidente, que inventó el discurso de la meritocracia, ha terminado gobernado por la influencia; y China, que no predica la meritocracia como ideología, la practica como método.

A eso súmale la capacidad de trabajo. La cultura del esfuerzo, del sacrificio, de la competencia desde la escuela. Un país que decide que la inteligencia artificial es una prioridad nacional y pone todos los recursos del Estado, de la educación y de la industria detrás de esa decisión. Una escala de inversión y ejecución que nuestras democracias, con sus tiempos electorales y sus contrapesos, no pueden replicar.

No se trata de que China sea mejor. Se trata de que es más eficiente en esto. Y la eficiencia, cuando juegas a largo plazo, termina imponiéndose.

No sé cómo termina

Y sin embargo, aquí está mi confesión: no sé cómo termina. No soy capaz de visualizarlo.

La historia está llena de favoritos que perdieron. De imperios que parecían imbatibles y se desmoronaron por dentro. La Unión Soviética tenía los mejores matemáticos y una carrera espacial que aterrorizó a Occidente durante años. Y aun así, el sistema se rompió por sus propias costuras, no por las bombas del adversario.

China tiene hoy la ventaja del método. Pero tiene también problemas que Occidente no alcanza a ver bien: el envejecimiento de su población, la burbuja inmobiliaria, la tensión entre un Estado que quiere controlarlo todo y una tecnología que necesita libertad para innovar. Puede que el mismo sistema que la impulsa acabe siendo su límite.

Y Occidente, no lo olvidemos, tiene algo que no se puede medir en un gráfico: la capacidad de reinventarse. Estados Unidos ha perdido mil batallas tecnológicas y ha ganado la guerra casi siempre, porque cuando algo se le escapa, lo ataca desde otro ángulo. Silicon Valley es un músculo capaz de reaccionar.

No lo sé. De verdad que no lo sé.

El final que me gustaría

Lo que sí sé es qué final me gustaría. Y aquí vuelvo al libro con el que empezaba.

Kai-Fu Lee no escribió un libro sobre quién ganaría una guerra. Escribió un libro sobre cómo la inteligencia artificial podía ayudar a las personas a ser más humanas, a dedicarse a lo que nos hace humanos: las relaciones, el amor, la empatía, la creación.

Quizá la verdadera partida no sea entre China y Estados Unidos. Quizá la verdadera partida sea entre los que usan la tecnología para liberar a las personas y los que la usan para controlarlas. Y en esa partida, el bando no lo eligen los gobiernos: lo elegimos cada uno de nosotros, con cada decisión, con cada herramienta que adoptamos.

Si China gana la carrera de la IA, que gane por mérito propio, por su capacidad de trabajo y por su eficiencia. Que no necesite usar la fuerza. Que se imponga por influencia, por ser útil, por hacer las cosas bien. Esa sería una victoria extraña y, en el fondo, una lección: que el poder ya no se conquista con ejércitos, sino con capacidad de ejecución y con la paciencia de quien juega a largo plazo.

Sería, además, la primera vez en la historia moderna que una superpotencia se impone sin disparar un solo tiro. No sé si eso sería un alivio o una advertencia.

Sigo sin saber cómo termina esta guerra. Pero ya sé por dónde empieza la única batalla que merece la pena: gane quien gane, si al final las máquinas son más máquinas y los humanos somos más humanos, habremos ganado todos. Y si no, habremos perdido todos, da igual el bando.

He empezado esta entrada sin poder dormir, como Jerry Maguire, y la termino sin saber quién ganará la partida. Pero he conseguido lo que buscaba al sentarme: ordenar las ideas, dejar de dar vueltas en la cama.