Factfulness empieza con un test de trece preguntas sobre el estado del mundo. Pobreza extrema, escolarización de niñas, vacunación, esperanza de vida. Tres opciones cada una.
Lo hice antes de leer el libro, como recomienda el autor, y acerté cuatro. Un chimpancé eligiendo al azar habría acertado unas cuatro y pico. Ese es el punto de partida de Hans Rosling: no es que no sepamos, es que sabemos sistemáticamente mal, siempre en la misma dirección pesimista. Y eso no es ignorancia aleatoria, es un patrón.
Los datos
La proporción de personas en pobreza extrema se ha reducido a la mitad en veinte años. La esperanza de vida mundial está por encima de los setenta años. Cerca del noventa por ciento de las niñas del mundo completa la educación primaria. El ochenta por ciento de los niños de un año está vacunado contra alguna enfermedad.
Casi todo el mundo cree que estas cifras son mucho peores. Y no correlaciona con el nivel educativo: Rosling hizo el test a médicos, periodistas, ejecutivos y responsables de organismos internacionales, y todos puntuaban por debajo del azar.
Los diez instintos
La parte útil del libro es la explicación. Rosling identifica diez sesgos que distorsionan nuestra lectura del mundo. Estos son los que más me han hecho pensar.
El instinto del hueco. Tendemos a dividir en dos grupos separados: países ricos y pobres, desarrollados y en desarrollo, nosotros y ellos. Los datos muestran un continuo donde la mayoría de la humanidad está en medio. Esa división mental es de los años sesenta y la seguimos usando.
El instinto de la negatividad. Las malas noticias son noticia; las buenas son estadística. Una mejora del 1% anual durante treinta años transforma un país y no genera un solo titular, porque no hay ningún día en que ocurra.
El instinto de la línea recta. Ante una tendencia, la prolongamos mentalmente en línea recta. Casi ninguna curva real es recta: la población mundial no crece exponencialmente sin freno, se está estabilizando, y el motivo —la caída de la natalidad al mejorar la supervivencia infantil— es exactamente el contrario del que suele suponerse.
El instinto del destino único. Creemos que las culturas y los países son como son de forma inmutable. Suecia tuvo hace un siglo los indicadores que hoy tiene Egipto.
Lo que me llevo al trabajo
Estos sesgos no operan solo con estadísticas globales. Operan igual dentro de una organización.
El instinto de la negatividad explica por qué la percepción interna de un proyecto es siempre peor que su estado real: las incidencias se comunican, los avances no. Si nadie cuenta lo que funciona, el balance emocional del equipo se construye solo con lo que falla.
El instinto del hueco explica la tendencia a dividir la plantilla en dos categorías —los que se han subido al cambio y los resistentes— cuando en realidad hay un continuo, y la mayoría está en el medio, esperando a ver.
Y el de la línea recta explica bastantes proyecciones de proyecto: si en el primer mes se han migrado cien expedientes, en doce meses tendremos mil doscientos. Nunca es así.
Lo que discuto
El libro tiene un problema de tono. En su afán de corregir el pesimismo, a ratos suena a que todo va bien y solo hay que tener paciencia. Rosling se defiende de esa lectura explícitamente —él insiste en que las cosas pueden ir mal y estar mejorando a la vez—, pero el mensaje que se retiene tiende a simplificarse.
También trata algunos asuntos, como el clima, con una brevedad que no le hace justicia. Es el ejemplo evidente de una tendencia que no ha mejorado, y despacharlo en pocas páginas debilita el argumento general.
Aun así, me parece un libro necesario. Sobre todo porque su tesis de fondo no es optimista ni pesimista: es que decidimos mejor con datos que con impresiones, y que nuestras impresiones están sesgadas de forma predecible.
Saber en qué dirección te equivocas es casi tan útil como acertar.