Hace una semana que celebramos el III encuentro de usuarios certificados de Gestiona.
Con el recuerdo todavía cercano y vívido, y la distancia suficiente para rebajar la emoción del momento tras tantos y tan agradables reencuentros, escribo esta sencilla reflexión sobre la necesidad que tenemos las personas de vernos, sentirnos y tocarnos.
En un mundo cada vez más digital, la presencialidad se presenta como un valor en sí mismo capaz de movilizar, impulsar y emocionar.
Por mucha tecnología, mucha inteligencia artificial y muchas disrupciones que puedan existir, lo que está claro es que sin contar con las personas no podremos avanzar nunca.
La garantía de realidad y autenticidad que dan emociones como la tristeza, la alegría, el nerviosismo de un ponente antes de comenzar, la expectación reflejada en los ojos abiertos de un asistente… son cosas que no se pueden falsear, son pura verdad.
Y en estos contextos, las personas estamos a gusto. Y se nota.
Da igual el trabajo que cueste, da igual el esfuerzo que suponga. Si se consigue que ocurra la magia de la conexión entre personas, todo lo demás ocurre con consecuencia de ello, y siempre de forma positiva.
Por eso cada vez creo que hay que apostar más por vernos, escucharnos, hablarnos y compartir vivencias en persona.
Cada vez estoy más convencido de que la tecnología está para ayudarnos y que nunca será capaz de sustituirnos.