En la facultad, el muralismo mexicano se despachaba en una sola clase. Diego Rivera entraba en el temario con la etiqueta de siempre —el pintor que puso el arte al servicio de la revolución— y salía de él igual de limpio. Nadie contaba el otro episodio: el del encargo más caro de su vida, el que le pagó la familia más rica de América y que acabó hecho pedazos porque, en el centro, Rivera había pintado a Lenin.
Hay un mural que ya no existe y que, precisamente por eso, se ha vuelto imposible de olvidar.
El encargo
En 1932, el Rockefeller Center le encargó un fresco para el vestíbulo del edificio de la RCA, en Nueva York. Sesenta y tres pies de largo por diecisiete de alto: casi diecinueve metros de pared lisa en el edificio más nuevo y más visible de la ciudad. El tema no lo eligió él. Se lo dieron escrito: «el hombre en la encrucijada, mirando con esperanza y alta visión la elección de un futuro nuevo y mejor».
Conviene leer eso dos veces. John D. Rockefeller Jr. quería un cuadro que hiciera parar y pensar a quien entrara. Y quien le había abierto la puerta a Rivera era Abby Aldrich Rockefeller, su mujer, coleccionista y mecenas que había comprado obra suya en el MoMA. Los Rockefeller conocían a Rivera y a Frida Kahlo. Sobre el papel eran los mejores clientes posibles: dinero, libertad y cultura.
La pared
Rivera pintó tres paneles. En el central, un obrero con las manos en los controles de una máquina y el cosmos abierto detrás. A un lado, el capitalismo; al otro, el socialismo. La familia aprobó el planteamiento: comparar los dos mundos era exactamente lo que pedían.
Luego pasó lo de siempre. En abril de 1933, un periódico neoyorquino —el World-Telegram— publicó que aquello era propaganda anticapitalista. Y Rivera, que tenía temperamento de barricada, hizo lo menos prudente que podía hacer: añadió a Lenin. En concreto, un Lenin presidiendo un desfile del Primero de Mayo.
Cuando Nelson Rockefeller subió a ver el mural y se encontró aquello, le escribió una carta que es una obra de arte en sí misma. Decía, más o menos: he visto el avance de su apasionante mural y he notado que ha incluido un retrato de Lenin; está bellamente pintado, pero me temo que ofendería seriamente a mucha gente.
La respuesta
Rivera contestó que no. Que podía añadir a un gran americano —Lincoln, Emerson— para equilibrar, pero que a Lenin no lo tocaba. Y dejó una frase que resume todo lo que un artista puede decirle a quien le paga:
«Antes que mutilar la concepción, prefiero su destrucción física en su totalidad, preservando al menos su integridad.»
No hace falta ser muy listo para ver el problema. Rockefeller había pedido un cuadro que hiciera pensar. El cuadro había hecho pensar. Y pensar, en este caso, significaba discutir de quién era la pared.
Nueve meses debajo de una lona
En mayo de 1933 dieron la orden de taparlo. Pagaron a los ayudantes y se acabó el trabajo. Y así, bajo una lona, se quedó nueve meses. En febrero de 1934, una cuadrilla lo arrancó de la pared a golpe de martillo. Poco después, dos ayudantes de Rivera paseaban por Midtown y vieron una docena de bidones junto a la entrada del edificio. Dentro estaban los trozos del mural.
Solo quedan fotografías en blanco y negro, tomadas a toda prisa porque Rivera sospechaba lo que venía. El resto lo conocemos porque él lo volvió a pintar, más grande, en el Palacio de Bellas Artes de México, con otro título: El hombre controlador del universo.
Lo que de verdad se destruyó
Rivera dijo, cuando supo del martillo, que aquello «serviría a la causa de la revolución». Puede que tuviera razón, aunque no por lo que él pensaba: la versión que se ha vuelto célebre no es la que se salvó, sino la que desapareció. El mural que nadie puede ver es el que todo el mundo conoce.
Y queda la pregunta incómoda, la que sigue viva casi un siglo después: cuando alguien te paga por hacer pensar, ¿qué compra exactamente? ¿El cuadro, o el derecho a decidir qué se puede pensar dentro de él? Rockefeller tenía el contrato, la pared y el dinero. Rivera tenía el yeso, la brocha y una frase que ya no se podía desdecir.
En la facultad nos enseñaron el muralismo como una cuestión de estilo. Tardé años en entender que aquello era, sobre todo, una cuestión de propiedad: quién encarga, quién firma y quién, al final, decide qué se queda en la pared.
El vestíbulo sigue ahí, en el número 30 de Rockefeller Plaza, con otro mural encima. Nadie que pase por delante verá nunca el que importa. Por eso lo recordamos: porque lo destruyeron tan bien que se quedó para siempre.