El infinito en un junco

Piled books on brown wooden shelf
Foto de Prateek Katyal en Unsplash

Este libro me lo regalaron hace un par de años y lo tuve esperando por un prejuicio tonto: pensé que sería un ensayo erudito sobre la Antigüedad, de esos que se admiran y no se leen.

Es un ensayo erudito sobre la Antigüedad. Y se lee como una novela.

Irene Vallejo cuenta la historia de la invención del libro, desde las tablillas de arcilla hasta la Roma imperial, mezclando filología, biografía y digresiones sobre el presente. Lo hace con una prosa que no necesita adornarse porque el material ya es fascinante.

La fragilidad de lo escrito

Lo que más me ha impresionado es la conciencia constante de lo poco que ha sobrevivido.

De los noventa y tantos dramas que escribió Sófocles conservamos siete. De Safo, apenas fragmentos, y varios de ellos porque alguien los usó como relleno de un cartonaje funerario en Egipto. La Ilíada llegó hasta nosotros a través de una cadena de copias manuscritas en la que cualquier eslabón podría haberse roto, y en muchos casos se rompió.

Vallejo insiste en algo que suele pasarse por alto: no conservamos lo mejor, conservamos lo que tuvo suerte. Lo que se copiaba en las escuelas, lo que interesó a un monje concreto, lo que estaba en la biblioteca que no ardió. El canon que hemos heredado es en buena medida el resultado de accidentes.

Es una idea que se me ha quedado dando vueltas, porque trabajo con sistemas de gestión documental y archivo electrónico, y la pregunta es exactamente la misma: qué se conserva, quién decide, y qué se pierde sin que nadie tome la decisión de perderlo.

El soporte importa

El libro es también una historia de los formatos, y ahí hay lecciones que valen para hoy.

El rollo de papiro era frágil, se leía secuencialmente y no permitía consultar un pasaje concreto sin desenrollarlo entero. El códice —hojas cosidas, lo que hoy llamamos libro— permitió abrir por una página, escribir por las dos caras, marcar. Ese cambio de formato transformó la forma de leer y de citar, y por tanto de pensar.

Me resulta imposible no pensar en nuestros propios cambios de soporte. El paso del expediente en papel al electrónico no es solo un cambio de almacenamiento: cambia lo que se puede buscar, lo que se puede relacionar y, sobre todo, lo que se puede olvidar. En papel, olvidar era gratis y recordar costaba. Ahora es al revés.

Bibliotecas y poder

Otro hilo del libro es la relación entre las bibliotecas y el poder. La de Alejandría no se construyó por amor al saber, o no solo: fue un proyecto político de los Ptolomeos, que compraban, requisaban y copiaban obsesivamente. Los barcos que atracaban en el puerto eran registrados en busca de libros, que se copiaban y se devolvían —a veces la copia, quedándose el original—.

Acumular conocimiento ha sido siempre una forma de acumular poder. Y decidir qué se conserva es decidir qué se podrá recordar.

Vallejo no fuerza el paralelismo con el presente, y se agradece. Pero está ahí para quien quiera verlo: hoy la mayor concentración de información de la historia está en manos de un puñado de empresas privadas, y las reglas sobre qué se conserva y qué se borra las escriben ellas.

Lo que discuto

El libro es largo y las digresiones al presente —cine, series, anécdotas personales— no siempre están a la altura del material antiguo. A veces cortan el impulso de lo que se estaba contando.

Pero es un defecto menor en un libro que consigue algo difícil: transmitir por qué esto importa a quien no había pensado nunca en ello.

Me quedo con una imagen del final. Los libros han sobrevivido a los imperios que los produjeron, a las bibliotecas que los guardaron y a los idiomas en que se escribieron. Son, dice Vallejo, una de las pocas cosas frágiles que hemos hecho durar.

Y duraron porque hubo gente que dedicó su vida a copiarlos a mano sin saber si servía de algo.