Hay libros que uno evita durante años porque intuye que van a exigir algo. Este era uno.
Viktor Frankl era un psiquiatra vienés que pasó tres años en cuatro campos de concentración, incluido Auschwitz. Perdió a sus padres, a su hermano y a su mujer. Escribió este libro en nueve días, poco después de ser liberado, y en la primera edición ni siquiera quiso firmarlo con su nombre.
Tiene dos partes muy distintas. La primera es el relato de lo que vivió y observó. La segunda es la exposición de la logoterapia, la escuela psicológica que fundó.
Lo que observó
Frankl no escribe como víctima que denuncia, sino como psiquiatra que observa, incluso mientras le está ocurriendo. Esa distancia hace el relato más demoledor, no menos.
Describe las fases por las que pasaban los prisioneros: el shock inicial, después una apatía que era mecanismo de supervivencia, y en quienes sobrevivían, una forma de adaptación que él examina con precisión clínica.
Y formula la observación central del libro. En condiciones donde todo había sido arrebatado —la ropa, el nombre, la familia, cualquier control sobre el propio cuerpo—, seguía existiendo un margen: la elección de la actitud ante lo que ocurría.
Cuenta a hombres que caminaban entre los barracones consolando a otros y dando su último pedazo de pan. Pocos, dice, pero suficientes para demostrar que esa libertad última no se puede quitar.
La frase
La cita más conocida del libro es de Nietzsche: quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.
Frankl observó que quienes perdían el sentido —quienes dejaban de tener algo esperándoles fuera, una tarea pendiente, una persona— morían pronto. No metafóricamente: dejaban de levantarse y morían en días.
Él mismo se sostuvo, cuenta, reconstruyendo mentalmente el manuscrito que le habían confiscado al entrar, y hablando en su cabeza con su mujer, sin saber que ya había muerto.
Lo que me hace pensar
Me resulta difícil escribir sobre este libro sin caer en la trivialización. Hay una tendencia a extraer de él lecciones de superación personal para contextos que no tienen nada que ver, y me parece una falta de respeto al material.
Frankl no escribió un manual de motivación. Escribió sobre condiciones extremas, y él mismo advierte de que sobrevivir no dependía principalmente del carácter sino del azar: los mejores, dice explícitamente, no volvieron.
Dicho esto, hay algo que sí me llevo y que creo que es legítimo.
La idea de que el sentido no se busca en abstracto sino que se encuentra en algo concreto: una tarea, una persona, una obra. Frankl es muy claro en esto y va contra la formulación habitual. No hay que preguntarse qué sentido tiene la vida; hay que responder a lo que la vida te está preguntando en esta situación concreta.
Aplicado a algo tan menor como el trabajo, cambia el enfoque. La pregunta no es si mi profesión tiene sentido en general, sino qué está requiriendo de mí esta situación que tengo delante.
La segunda parte
La exposición de la logoterapia es más árida y ha envejecido de forma desigual. Algunos conceptos —la "neurosis noógena", ciertas técnicas terapéuticas— pertenecen claramente a su época.
Pero su diagnóstico de fondo resiste: sostenía que el malestar del hombre moderno no venía de la frustración sexual, como decía Freud, ni de la voluntad de poder, como decía Adler, sino del vacío de sentido en sociedades donde ya no hay tradición ni instinto que digan qué hay que hacer.
Escrito en 1946. No parece haber perdido actualidad.
Una advertencia
Es un libro corto que no conviene leer rápido. Y no es un libro reconfortante, por mucho que se venda como tal.
Lo que ofrece no es consuelo. Es una constatación exigente: que incluso en lo peor queda una decisión, y que por tanto no hay excusa disponible en circunstancias infinitamente más benignas como las nuestras.