Termina un año raro. Empezó con una herramienta que casi nadie de mi entorno profesional había probado y termina con esa herramienta instalada en la rutina de mucha gente, en conversaciones de comité de dirección y en algún pliego de licitación.
No suelo hacer balances, pero este año me apetece, porque creo que ha cambiado algo que va más allá de la tecnología concreta que lo ha provocado.
Lo que ha cambiado de verdad
Durante quince años, la conversación sobre digitalización en las organizaciones con las que trabajo giraba alrededor de una pregunta: qué tareas podemos automatizar. Era una pregunta de eficiencia, con respuestas relativamente claras. Se automatizaba lo repetitivo, lo reglado, lo que se podía describir con un diagrama de flujo.
Lo que ha traído este año es que esa frontera se ha movido de sitio y, sobre todo, se ha vuelto borrosa. De pronto hay herramientas que redactan, resumen, traducen, esquematizan y proponen. Tareas que considerábamos claramente humanas porque implicaban lenguaje y cierto criterio.
Y con eso la pregunta ha cambiado. Ya no es qué podemos automatizar. Es qué queremos seguir haciendo nosotros, y por qué.
Es una pregunta distinta porque no tiene respuesta técnica. La respuesta técnica al "¿puede la máquina redactar este informe?" es cada vez más un sí. La pregunta relevante es si conviene que lo haga, qué se pierde por el camino y qué pasa con quien lo redactaba.
Lo que he aprendido usándolo
He usado estas herramientas a diario durante buena parte del año, y mi conclusión es menos entusiasta y menos catastrofista de lo que esperaba en enero.
Son extraordinariamente útiles para arrancar. Para pasar de la página en blanco a un borrador criticable. El borrador casi nunca es bueno, pero criticar es mucho más fácil que empezar.
Son mediocres cuando el contexto importa. Todo lo que depende de conocer esta organización, esta normativa, esta persona y su historia, sale plano. Y sale plano con mucha seguridad, que es lo peligroso.
Y son un mal sustituto del pensamiento. Cuando las he usado para no pensar, el resultado ha sido texto correcto y vacío. Cuando las he usado después de pensar, para contrastar o para redactar más rápido lo que ya tenía claro, han rendido mucho.
Lo que me preocupa de cara al año que viene
Dos cosas.
La primera, el efecto sobre quien empieza. Muchas de las tareas que ahora se delegan a una máquina eran justamente las que servían para aprender el oficio: redactar el informe que otro revisa, preparar el resumen, hacer la primera versión. Si eliminamos ese escalón, no sé por dónde va a subir la gente que entra ahora. No tengo respuesta, y me parece un problema serio que se está discutiendo poco.
La segunda, la erosión del criterio. Es cómodo aceptar una respuesta bien redactada. Y cuanto más cómodo resulta, menos se ejercita el músculo de dudar. Ese músculo se atrofia sin avisar.
Lo que me llevo
Una convicción que ya tenía y que este año se ha reforzado: el valor se desplaza hacia donde la máquina no llega, y ese sitio es cada vez menos la producción y cada vez más el criterio. Saber qué preguntar, qué descartar, qué es relevante para esta organización concreta y qué consecuencias tiene una decisión sobre personas reales.
Nada de eso es nuevo. Lo que ha cambiado es que ha dejado de ser un complemento agradable para convertirse en lo único que no es delegable.
Una nota sobre el ruido
Hay una última cosa que me llevo de este año, y tiene que ver con el tono de la conversación pública.
Ha sido un año de titulares extremos en las dos direcciones. Quien anunciaba la desaparición de profesiones enteras en meses y quien despachaba todo esto como un autocompletar sofisticado sin ninguna consecuencia. Ambas posturas se argumentan bien, se difunden mejor y describen mal lo que veo cuando entro en una organización.
Lo que veo es más aburrido: una herramienta nueva que resuelve bien algunas cosas, mal otras, y que obliga a rediseñar procesos que llevaban años sin tocarse. Como pasó con la hoja de cálculo, con el correo electrónico y con la firma digital.
Lo cual no significa que sea poca cosa. Significa que su efecto se medirá en años, no en trimestres, y que dependerá menos de la tecnología que de las decisiones que tomemos alrededor.
Feliz año a quien lea esto. El que viene promete.