Tenía este libro esperando en la estantería desde hacía años, de esos que uno compra convencido de que lo leerá pronto y acaban sosteniendo a otros. Lo empecé sin demasiadas expectativas, esperando el relato habitual del genio despistado, y me he encontrado otra cosa.
Isaacson escribe la biografía de Einstein como la historia de una manera de pensar. Y esa es la parte que me ha resultado más útil, porque puede trasladarse a contextos que no tienen nada que ver con la física teórica.
El rebelde metódico
Einstein fue un mal estudiante en el sentido institucional. No porque no supiera, sino porque se negaba a aprender de la forma en que le exigían. Detestaba la memorización, discutía con los profesores y salió del Politécnico de Zúrich sin que nadie le ofreciera un puesto académico, motivo por el cual acabó en la oficina de patentes de Berna.
Esa oficina, que suele contarse como una anécdota pintoresca, resulta ser bastante más que eso. Su trabajo consistía en leer solicitudes de patente sobre sincronización de relojes a distancia y decidir si el mecanismo propuesto funcionaba. Es decir, pasaba el día evaluando dispositivos que intentaban responder a la pregunta de qué significa que dos sucesos ocurran "al mismo tiempo" en dos lugares distintos. La relatividad especial no salió de la nada: salió de un problema práctico que tenía delante todos los días.
Me quedo con eso: el trabajo aparentemente menor le dio material que la carrera académica no le habría dado.
Autoridad y evidencia
Isaacson insiste en un rasgo que atraviesa toda su vida: la desconfianza hacia la autoridad. No como pose adolescente, sino como método. Einstein aceptaba que algo fuera cierto porque los datos lo sostenían, no porque lo dijera Newton. Y cuando llegó su turno de ser autoridad, se resistió a la mecánica cuántica con la misma testarudez, esta vez equivocándose.
Esa segunda parte me parece la más honesta del libro. El mismo rasgo que le permitió reformular la física a los veintiséis años le impidió aceptar hacia dónde iba a los cincuenta. Sus objeciones a la cuántica eran brillantes y estaban mal, y los debates con Bohr los perdió.
No hay virtudes puras. La independencia de criterio que te hace ver antes que nadie es la misma que te ancla cuando el mundo se mueve en otra dirección.
Los experimentos mentales
Lo que más me ha llamado la atención, por lo aplicable que es, son sus Gedankenexperimente. Einstein no empezaba con matemáticas. Empezaba imaginando una situación física concreta: qué vería alguien que viajara junto a un rayo de luz, qué sentiría una persona cayendo dentro de un ascensor. Las matemáticas venían después, a veces años después y con ayuda de otros, porque su formación matemática no era excepcional.
Es un método barato y potente: construir un escenario límite, llevarlo al extremo y ver qué se rompe. Lo he usado sin saber que tenía nombre cuando quiero entender si un procedimiento aguanta. ¿Qué pasa si en vez de cien solicitudes llegan cien mil? ¿Y si el responsable de validar está de baja tres meses? El caso extremo revela el supuesto oculto.
Lo que discuto
El libro es largo, y hay tramos —los años de Princeton, la búsqueda infructuosa de la teoría del campo unificado— que se hacen lentos. También creo que Isaacson es más benévolo de lo necesario con su vida personal: fue un padre y un marido bastante malo, y eso se cuenta con una delicadeza que no aplica a otras facetas.
Pero acierta en lo esencial. La biografía no explica el genio, porque el genio no se explica. Explica el carácter, que es lo que sí podemos mirar.
Y el carácter era este: curiosidad obstinada, incomodidad con lo establecido, paciencia para seguir con un problema durante diez años y capacidad para admirarse ante cosas que los demás dan por supuestas. Nada de eso requiere ser Einstein.