Cualquier tiempo pasado, y el sesgo de la nostalgia

Brown paper and black pen
Foto de Joanna Kosinska en Unsplash

Hace unas semanas, ordenando papeles, encontré una agenda de trabajo de hace quince años. La abrí esperando cierta ternura y me encontré con la lista de lo que hacía un martes cualquiera de entonces: llamadas para confirmar recepciones de fax, notas para pedir un expediente al archivo, un recordatorio para pasar a recoger unas fotocopias compulsadas.

No recordaba nada de eso. Y sin embargo, si me hubieran preguntado el día antes, habría dicho que entonces se trabajaba con más calma.

Cómo funciona el truco

La memoria no archiva, reconstruye. Y al reconstruir aplica un filtro bastante estudiado: retenemos mejor lo emocionalmente significativo y descartamos la fricción rutinaria. De aquellos años recuerdo proyectos, personas y algún viaje. No recuerdo las dos horas semanales que se iban en tareas que hoy no existen.

A eso se suma otro efecto: sabemos cómo terminó. Los problemas de hace quince años están resueltos, y por eso los recordamos como manejables. Los de ahora están abiertos, y la incertidumbre pesa. Comparamos un pasado ya cerrado con un presente todavía en curso, y la comparación está trucada de origen.

Súmale un tercer factor: entonces éramos más jóvenes. Buena parte de lo que atribuimos a la época pertenece en realidad a la biografía.

La versión colectiva

Lo interesante es que este sesgo individual tiene una versión organizativa, y ahí sí hace daño.

En cualquier proceso de cambio aparece la frase "antes esto funcionaba". A veces es cierta y hay que escucharla con atención, porque quien la dice suele tener información que el proyecto no ha recogido. Pero muchas otras veces es el mismo mecanismo: se compara el recuerdo depurado del sistema anterior con la experiencia completa —incluidos los fallos de rodaje— del nuevo.

El sistema viejo también fallaba. Lo que pasa es que sus fallos ya estaban asimilados: la gente había construido sus atajos, sus hojas de cálculo paralelas y sus llamadas de teléfono para resolver lo que la herramienta no resolvía. Esos parches se volvieron invisibles porque formaban parte del paisaje. Cuando llega el sistema nuevo, sus carencias todavía no tienen parche, y por eso se ven todas a la vez.

He aprendido a preguntar por lo concreto en esas conversaciones. No "¿te gustaba más el anterior?", sino "¿cuántos minutos tardabas en hacer esta operación?". Muchas veces el dato desmonta la impresión. Y algunas veces la confirma, que también es información valiosa.

El sesgo simétrico

Hay un espejo de todo esto que me parece igual de importante: si idealizamos el pasado, tendemos a exagerar la amenaza del futuro.

Es la misma economía mental. El pasado lo recordamos filtrado y benigno; el futuro lo imaginamos como una acumulación de riesgos sin los mecanismos de adaptación que siempre acaban apareciendo. Nunca imaginamos la parte que se resolverá sola, porque esa parte todavía no existe.

Lo estamos viendo con la IA generativa. Este año se han escrito muchos textos apocalípticos sobre profesiones enteras que desaparecen en dieciocho meses. Sospecho que dentro de una década esos textos se leerán como se leen ahora los que anunciaban que internet acabaría con las librerías: acertaron en la dirección, se equivocaron radicalmente en la magnitud y en el plazo, y no previeron lo que apareció en medio.

Lo que hago con esto

No pretendo curarme del sesgo, porque no se puede. Pero he adoptado dos costumbres.

Una: apuntar. Si escribo hoy cómo trabajo y qué me cuesta, dentro de diez años tendré un dato en lugar de un recuerdo. Esa agenda vieja me ha resultado más útil que cualquier reflexión sobre el pasado.

Dos: cuando alguien —incluido yo— diga que antes se estaba mejor, preguntar por un ejemplo concreto y medible. A veces lo hay. Casi siempre, al buscarlo, aparece la agenda con la nota de pasar a recoger las fotocopias.