En un momento en el que todo parece orientado a la eficiencia, la automatización y la despersonalización, volver a lo humano es un acto casi revolucionario.
Vivimos inmersos en un entorno hiperconectado, donde la inmediatez y la automatización a través de dispositivos electrónicos marcan el ritmo de nuestra vida personal y profesional.
Todo está al alcance de un clic. El ámbito de la formación, como otros muchos, ha vivido una transformación radical en los últimos años: plataformas de e-learning, webinars, inteligencia artificial generativa, etc.
Una revolución no exenta de riesgos, como la sobre-utilización de tecnología, que podría convertirse en un obstáculo más que en un factor potenciador.
En este sentido me parece clave pararse a reflexionar qué nos estamos dejando atrás a causa del uso masivo de la tecnología.
En este mundo cada vez más electrónico, corremos el riesgo de dejar fuera lo humano: lo relacional y lo emocional.
La educación no es solo transferencia de conocimientos, sino también construcción de sentido, de comunidad y de identidad. Y eso requiere, más que de buenas plataformas y contenidos, de conexión humana.
Este artículo es una invitación a trascender lo digital. No a rechazarlo —sería absurdo—, sino a superarlo desde una perspectiva más amplia. A incorporar estrategias que devuelvan protagonismo al contacto humano, a lo compartido, a lo tangible. Especialmente en el ámbito de la formación, donde los vínculos, la colaboración y la construcción colectiva del aprendizaje son clave para que la experiencia de aprendizaje sea 100 % transformadora.
Lo digital como medio, no como fin
Uno de los riesgos del momento actual es confundir el medio con el fin.
La tecnología ha democratizado el acceso al conocimiento, haciendo posibles nuevos modelos de aprendizaje, más flexibles y personalizados. Y aunque estos nuevos modelos tienen un potencial enorme, nunca podrán sustituir lo que sólo puede ocurrir entre personas: la creación de comunidad, el desarrollo de habilidades blandas, la empatía, la inspiración, o la motivación que brota del ejemplo y del encuentro.
Frente a una visión tecnocéntrica de la formación —cada vez más común—, es necesario recuperar una mirada antropocéntrica: ¿qué necesitan las personas para aprender de verdad? ¿Cómo consolidan el conocimiento? ¿Qué papel juega el cuerpo, el espacio compartido, el lenguaje no verbal, la conversación espontánea?
Un entorno digital puede ser un espacio fantástico para aprender, aunque también puede sentirse vacío y despersonalizado, donde la falta de contacto humano puede debilitar el compromiso, la motivación, o la retención del aprendizaje.
Hablar de volver a lo presencial no es hablar de presentismo. No pretende ser una mirada nostálgica al pasado, ni una crítica al mundo digital actual. Es una llamada a recuperar el equilibrio. Porque el contacto entre personas es una de las funciones vitales del ser humano, y por ello el aprendizaje no puede ser una excepción.
La presencialidad, entendida de forma inteligente, no es antagónica a lo digital, sino complementaria. Un encuentro cara a cara puede servir para reforzar aprendizajes previos, generar vínculos entre los participantes, activar la creatividad conjunta o simplemente recordar que detrás de cada pantalla hay una persona con expectativas, experiencias y emociones.
Necesitamos crear espacios donde los profesionales, los formadores, los alumnos y los equipos puedan mirarse, escucharse, disentir, emocionarse. Solo así podremos construir redes de aprendizaje sólidas, vivas, con sentido.
Redes de aprendizaje híbridas: el siguiente paso
Si queremos avanzar en el ámbito de la educación y formación de personas tenemos que mezclar las experiencias de ambos mundos: un modelo de formación híbrido que combine lo mejor del mundo digital con el valor irrenunciable de lo presencial.
En este modelo híbrido, la experiencia online no sería un fin en sí misma, sino un punto de partida para potenciar la parte presencial de un programa de formación, en el que los alumnos ya no parten de cero, sino de una parte del aprendizaje realizado de forma autónoma, que sirve para aportar su experiencia, visión y conocimiento.
Las redes de aprendizaje pueden disponer de encuentros presenciales como espacios de intercambio de conocimiento y afianzamiento de relaciones, de sesiones online impartidas por docentes, expertos, o por ellos mismos a sus compañeros, para fomentar el debate y compartir conocimiento.
Espacios de difusión de información, noticias relacionadas, logros alcanzados, proyectos impulsados, etc., como boletines, electrónicos o en papel, canales de comunicación como podcasts o canales de televisión online, también son recursos que pueden ayudar a acercar a las personas a esta experiencia formativa, a través de recursos que, aunque tradicionalmente han pertenecido al mundo de lo físico o presencial, hoy día son muy accesibles y 100 % integrables en un modelo híbrido.
Tecnología al servicio de las personas
El reto no es abandonar la tecnología, sino humanizarla. Diseñar entornos digitales que no aíslen, sino que conecten. Que no reemplacen la experiencia humana, sino que la potencien.
Esto implica rediseñar las plataformas de formación con una mirada centrada en la experiencia del usuario, pero también en la creación de comunidad. Implica usar la inteligencia artificial para personalizar itinerarios, sí, pero también para identificar momentos clave en los que es necesaria la intervención humana.
Supone asumir que el conocimiento es importante, pero no suficiente. Aprender es un acto profundamente humano. Por eso, quienes diseñamos experiencias de formación tenemos la responsabilidad de generar entornos donde las personas no solo aprendan, sino que también se sientan parte de algo más grande.
En este ámbito, esto se traduce en diseñar programas que conecten a las personas entre sí, que favorezcan la construcción de comunidades de aprendizaje vivas, activas, humanas. Como profesionales, como formadores, como personas que creen en el poder de la educación, tenemos ante nosotros una oportunidad: crear experiencias formativas que reconecten a las personas.
Volver a lo presencial no es dar un paso atrás. Es mirar hacia adelante con una mirada más amplia, más compleja y más humana, que permita que la experiencia formativa sea plena.