Asistir al cine en la era de la hiperconexión

Uno de los recuerdos más recurrentes que tengo de mi infancia es el de ir al cine. En invierno, en verano, en mi ciudad o cuando estaba de visita en otros lugares, con familia, con amigos, al aire libre, en un cine, en otro, en el gallinero, o en el patio de butacas.

Por motivos que desconozco es verdad que se instaló en la población en general la sensación de que el plan de ir al cine era un plan caro. Aún hoy hay personas para las que el precio de la entrada no justifica el valor de lo que obtienes a cambio.

Aunque reconozco que he sido de los que han opinado esto, desde hace ya un tiempo opino que es una de las propuestas de entretenimiento más económicas a las que se puede asistir.

Cine como terapia de desconexión digital

En nuestro mundo actual en el que los bombardeos de estímulos digitales son constantes y en el que todo está al alcance de la mano, el cine tiene la virtud de ser una propuesta de entretenimiento que nos ayuda a desconectar de nuestra vida digital.

El cine como medio de expresión artística tiene la capacidad de ofrecernos una experiencia inmersiva, sumiéndonos en la historia que vemos, incitándonos a la reflexión, o generándonos diversas emociones.

La experiencia cinematográfica en el cine

Ir al cine es una experiencia única, que sólo puede tener lugar en una sala de cine. Pantallas de gran formato, sistemas de sonido envolvente, luminosidad y nitidez de la proyección, etc. son cosas que en el ámbito doméstico no se pueden conseguir.

La inmersión sensorial que se produce en una sala de cine, unido a un contexto en el que estamos rodeados de desconocidos, provoca en nosotros un comportamiento y actitud ante el visionado de la película que es radicalmente diferente a cómo lo haríamos en nuestra casa.

Y pienso que es ahí donde radica el verdadero valor de dicha experiencia. Porque en un contexto y espacio diseñado para captar toda nuestra atención se produce una conexión más profunda con la narrativa, que nos hace "vivir" y percibir la experiencia de manera más intensa y plena.

La experiencia cinematográfica en casa

Ver películas en casa, si bien ofrece comodidad y flexibilidad, carece de varios aspectos fundamentales que hacen del cine una propuesta única.

Tanto la facilidad de acceso a los contenidos, como la abundancia de opciones pueden resultar negativas de cara a la valoración y apreciación de la obra. La facilidad para pausar, adelantar o cambiar de contenido interrumpe la inmersión narrativa, diluyendo el impacto emocional y cognitivo de la historia.

Además, el entorno doméstico está plagado de distracciones que compiten por nuestra atención. Desde dispositivos electrónicos hasta tareas cotidianas, todo de una u otra forma, menoscaba nuestra capacidad de percepción de la obra.

El cine como valor agregado en la era digital

Lejos de ser una actividad obsoleta, desde mi punto de vista, el cine como medio de entretenimiento se reafirma en la era digital por su capacidad para ofrecer una experiencia irreplicable.

El valor de ir al cine trasciende la simple visualización de una película, y a esto contribuye la ritualidad de un evento, que sirve de "pausa" consciente en nuestras hiperconectadas vidas.

En un contexto donde la rapidez y la eficiencia a menudo se valoran por encima de la profundidad y la reflexión, el cine nos invita a desacelerar y a sumergirnos completamente en otra realidad, sacándonos de nuestra "vida digital".

La experiencia del cine se erige como una alternativa a la superficialidad de las interacciones digitales de nuestra sociedad frenética e hipereficiente, invitándonos a la pausa, a sentir y a conectar de una manera profunda, no solo con las historias que nos cuentan en la pantalla, sino también con lo que hay de nosotros mismos en ellas.

Y todo por menos de 4 € la hora...